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jueves, 3 de julio de 2008

Zapatero a tus zapatos

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Hace cuatro años, cuando aun estaba en el colegio, me propusieron irme quince días de intercambio a Nueva Jersey. Por aquel entonces las imitadísimas converse aun no se habían puesto de moda y, por lo visto, allí estaban tiradas de precio. Las vi en una tienda de uno de estos centros comerciales enormes de las afueras y me hicieron gracia. Por solo 12 dólares me agencié un par en color negro y desde entonces, con mucho trote de por medio, no han pasado grandes temporadas sin que me las haya puesto. Pero el tiempo y el roce (y ya no solo en la relación pie/calzado) siempre tienen mucho que decir y de tanto usarlas, las zapatillas se empezaron a rajar, hasta que llegó un momento en que los pequeños agujeros, antes disimulables, se hicieron demasiado grandes como para no parecer una vagabunda. Así que me tuve que aguantar sin converses (a esas alturas no bajaban de 60 eurazos y tanto el bolsillo como el sentido común me decían que nanay).

Movida por mis instintos (por lo visto, simpatizantes del Síndrome de Diógenes) guardé las zapatillas en una caja no sin antes avisar a mi madre: no las tires que me las quiero quedar de recuerdo. Poco después, iluminada por quien sabe qué (inspiración chorra, seguro), cambié de opinión: las converse tendrían otro destino y en vez de quedarse debajo de la cama como extraño y zarrapastroso souvenir pasarían a ser las protagonistas de una noche de sábado cualquiera por el centro de Madrid. No sé si habéis oído hablar del shoefiti (yo me acabo de enterar ahora buscando en san google, tampoco te creas ^^), más conocido como "colgar zapatos de cables"...; seguro que más de uno se habrá encontrado zapaterías improvisadas en el tendido eléctrico de cualquier ciudad.
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Si habeis visto Big Fish os sonará más; en la peli se sugería que cuando alguien encontraba por fin su lugar en el universo, colgaba sus zapatos dando a entender que ya no los volvería a usar porque no se marcharía del lugar en cuestión. En el mundo real la versión más extendida (por lo menos en sus orígenes) es un poco más cruda: avisa (o avisaba) de la existencia de drogas en la casa marcada. Actualmente quien se decide a abandonar calzado siguiendo esta modalidad, lo hace movido por una energía extraña, surrealista y absurda, que le tienta a hacer la gracia (en resumen: mi caso)

El tiempo pasó y la vaguería hizo mella. Lo fui dejando para otro día hasta que hace una semana me dio por hacer limpieza en la leonera que tengo por cuarto. Se montó tal pifostio que llegó un momento en que eran los trastos o yo: no cabía nada más en el suelo y todavía quedaban cajas debajo de la cama así que me vi obligada a sacar una pequeña parte al pasillo. En aquella maraña de cosas varias estaban, como no, las converse agujereadas. Cuando conseguí adecentar el cuarto volví a por las cosas del pasillo con tal mala pata que me dejé las zapatillas olvidadas en una esquina; pasaron los días y me olvidé completamente de que las había dejado allí. Si a estas alturas te ha venido a la cabeza la palabra "madre", enhorabuena: vas por buen camino. El domingo, con una resaca considerable y a tres horillas del partido me levanto y...:


..."oh sorpresa". ¿Qué coño había pasado? ¿Mi hermana se había tomado la libertad de rescatar dos logos -ella y la manía de coleccionar marcas...- de unos inmundos trozos de tela? ¿Mi madre, aun habiéndoselo advertido, había decidido hacer caso a ese instinto maternal que todas tienen que les obliga a ser una especie de justiciera ante los objetos ajenos decidiendo cuales son carne de basura? Obviamente, lo segundo. Tras una bronca filial del copón y el quijote hecho "lo sientos" y "perdones" ¬¬, me quedo sin hacer el paripé en Huertas...(ya tenía cable seleccionado y todo, a pesar de la dejadez). "Por lo menos", le "quisó sonar" algo así como que quería guardarlas y me dejo "eso" de "recuerdo"...

pd: ¿Se entiende ahora porque era mejor pasar por alto lo del viaje a EE.UU? Se ve que tenía mono (¡¡¡mono!!! ¡¡¡Mr Nilson!!! xD) de una buena parrafada bloggeril.

miércoles, 16 de abril de 2008

Surrealismo


Soy una vaga redomada, lo reconozco. Iba a dejar que la (¿tercera ya?) crónica barcelonesa se perdiera en la dimensión de las cosas no contadas pero, echando un vistazo a las fotos del viaje, la patata ha recibido un momentáneo agarrotamiento de emoción y he decidido darle leña al mono (llamamiento colectivo: no dudéis en dejarme todos aquellos dichos, refranes y/o expresiones que contengan a este majete animalillo ^^)

Vamos allá. ¿Por donde empezar? Que rabia hacer esto después de casi un mes, mi memoria pecezuna va a sufrir ciertos calambres. Lo cierto es que fue el mejor capítulo de la saga barcelonesa y gran parte de la culpa la tienen esas dos personajillas de la foto. Todo un placer, chapeau por ellas: locas y buena gente, acertadísima combinación. Os recomiendo pasaros por su blog: Furciacas y, sobre todo, cotillear sus vídeos youtuberos. ¡Furciaquismo y olé!



Plato fuerte del finde: llega (bis) la Apoteosis Necia. Primera fila, el cuello, acostumbrado, no se resiente. Como curiosidad: si algún día me empiezo a partir la caja así, de repente, en medio de una conversación normal, no os asustéis, probablemente algo me haya recordado al espectáculo de Berto.


Surrealismo
(puede que sea cierto que me persigue)

Al salir del teatro nos quedamos esperando un rato con la intención de saludar a don Berto. De repente aparece, charlamos un ratito con él...blablabla...: un solete. Patts y Uve le regalaron un kit de flamenca para hacer la coña (que Berto se puso antes de ayer en el programa, lo dicho: un solete) y la menda una nariz de payaso. Hasta aquí todo medianamente normal.


No sé porque pero Mr Nilson rodaba por la escena y me dio por pedirle a Berto -que era el que más cerca estaba- (supongo que querría atarme los cordones o algo así) que me lo sujetase un momento. A lo tonto seguimos hablando un rato más, nos despedimos, cada uno para un lado. A los diez minutos me da por mirar en el bolso: vuelco al corazón: ¡¡¡Mr Nilson había desaparecido!!! Después de mirar por el suelo por si se nos había caído cerca del Teatro Neu, llegamos a la conclusión de que el último que lo había tenido era Berto. Echamos a correr hacía la calle por donde se había ido pero ni rastro. Atontadas por lo surrealista de la escena nos pasamos por el teatro y le contamos la situación al de la taquilla: "Perdone, Berto Romero se ha llevado por equivocación un ...un...¡algo que tiene mucho valor para nosotras...!" (cualquiera dice que era un mono de peluche...) Pasan los minutos, y de repente aparece Miquel Company, uno de los fundadores de El Cansancio. El de la taquilla le cuenta lo que ha pasado, éste se ríe y saca el móvil. Se pone a hablar en catalán y de repente me pasa el teléfono. "Berto" me dice. Miro de reojo a mis compañeras de aventura surrealista, con mirada de circunstancias (¡Berto Romero al aparato, leñe!)


(Momento: desesperación tras la pérdida de Mr Nilson)


"Muy buenas Berto..veras, soy Cris...la chica del mo..." (no me deja terminar, se descojona) Le cuento lo sucedido. Por lo visto había sido un malentendido: se había pensado que Mr Nilson era un regalo y se lo había metido en la mochila junto al kit faralaé & co. (¿otro? xD Berto, ya te regalé un mono la primera vez que te vi, avaricioso xD) Le pido que si, por favor, me puede dejar el peluche en taquilla la próxima vez que fuera, que ya enviaría alguien que lo recuperase...Y me dice, majete de él, que ¡vuelve a dárnoslo en persona, que esperemos en la puerta del teatro, que está en casa y tarda 15 minutos en llegar! Desde luego el tío es de lo que no hay...¡que buena gente! Durante la espera nos dedicamos a comentar "en una nube" lo absurdo y bizarro de la situación. Pensarlo un momento: un humorista al que admiras se lleva secuestrado a tu mono de peluche, ese al que le haces vídeos y fotos, se lo lleva a casa, consigues hablar con él por teléfono y se ofrece a devolvértelo en mano...No es algo que suceda todos los días, ni mucho menos...



De repente llega, todo campechano, con una sonrisa de oreja a oreja y el mono bajo el brazo. "Estoy viviendo una experiencia surrealista" le dice al taquillero. Nos reímos, le damos las gracias, dos besos...En fin, no creo que a ninguno de los cuatro (o cinco, seamos considerados con Mr Nilson) se nos olvidé.

Me he alargado demasiado pero no me despido sin decir que: Pati, Andrés, Laura, Popi, etc. también se dejaron caer por mi finde barcelonés. ¡Gràcies! Lo dicho: hasta próximas ediciones.

viernes, 11 de abril de 2008

Col, col, col


Hoy seré breve (o lo intentaré) que mis ojos comienzan a chisporrotear de sueño. El pasado lunes además de lluvia a raudales, tocó reunión del Gato de 5 patas. Suelen ser bastantes entretenidas pero están vez rayó lo surrealista, y eso, conociéndome un poquito, sabréis que me tira mucho.

A un compañero no se le ocurrió otra cosa que recoger un caracol, de tamaño considerable, de algún jardincillo y dejarlo campar tan ricamente a lo largo y ancho de la mesa. El bichejo era (no sé porque digo era...me tuve que ir un poco antes pero imagino que no lo matarían para ofrecérselo a ninguna divinidad...) mu salao y nos tuvo diez minutos riéndole las gracias (las gracias de un caracol...que tampoco es que tenga mucho repertorio...pero estiraba el cuello y sacaba y metía las antenas que daba gusto). Al rato se nos ocurrió la feliz idea de darle de comer y, como no teníamos otra cosa a mano, partimos diminutos trocitos de almendras, quicos, pistachos y demás componentes de una bolsa de frutos secos. Lo increíble es que el animalejo se lo tragaba todo sin ningún miramiento.

X, el mismo compañero de antes, lo cogió de repente en un intento de sentirse piel con piel con el bicho, en plan hippioso. El caracol (col, col,col) aguantó medio minuto sobre el brazo de X pero, como si se tratase de un toro mecánico, al rato se descoyuntó contra el frío suelo . Respirad tranquilos, el amiguete sobrevivió aunque con un pequeño desbarajuste en la concha. Llegados a este punto y ya de nuevo en la mesa (de donde no debería haberse movido, ¿verdad X? xD) a la criatura le entran ganas de llevar a la práctica los evangelios según San José Coronado. Pero al pobre el golpe le había afectado también a la disposición corporal y lo que al principio parecía un chorro de sangre un tanto oscura que emanaba del cuello (lo que podía ser lógico dada la leche que se había llevado) resultó ser otra cosa. Y ya no sé más que me tuve que ir pitando a casa (al metro le da por cerrar y esas cosas). Tengan ustedes un muy buen finde.



La calidad de la imagen es bastante mala pero se trataba de poner al caracol real no a uno de National Geographic así que se tuvo que tirar de cámara de móvil.

lunes, 11 de febrero de 2008

Entrañas de lo absurdo

El enamoramiento

Todo sucedió en un minuto. Hizo un gesto con la mano, el ochenta y tres paró y el resto, hasta llegar a sentarse, fue todo machacada rutina. El asiento aún conservaba cierto calor, su cadera se acostumbró al plástico en cuestión de segundos. Dirigió cuatro miradas al tendido, una se le escapo y se puso a dar vueltas como una libélula enloquecida. Liberada de pestañas y lágrimas lubricantes, la mirada campaba a sus anchas por el autobús. Pronto se acostumbró al resto de compañeras, todas miradas como ella, con la diferencia de que éstas seguían enjauladas en una identidad, leyendo el periódico de sus dueños o repasando apuntes de audiología aplicada. Medio minuto después de la repentina fuga, se produjo el desastre. Su alterego de pupila castaña había escapado también, y como no pudo ser de otra forma, chocaron. Segundo cincuenta y siete: al cristal se acerca un enorme nubarrón negro que asusta a todos los viajeros. Las miradas, sin embargo, creen ver un trozo de golosina gigante, edulcorada con virutas de colores pastelosos y suaves. Como no podía ser de otra forma, se montaron en la masa azucarada y huyeron juntas. Y todo esto sucedió en un minuto...



lunes, 4 de febrero de 2008

Aire



Me he tragado una canción, tres melodías, quince silbidos, un quinteto de viento y metal. De nada o poco me ha servido pues el hambre continúa envolviéndome en sus cortinas y mi interior sigue aplastado, inútil y gris, ahora nublado por el humo de la cuarta señora de la fila. Sobrevuelo los aledaños del edificio, entro y salgo del vestíbulo evitando así el tabaco de la oronda mujer, que intenta camelar al guarda para que le deje entrar antes al recinto. Las normas son las normas, no puedo hacer nada por usted.

No es temprano pero en la calle Castelló una serpenteante fila de pies, cabezas, sombreros y visón preside en solitario la acera. Me acerco prudentemente, con la seguridad de no ser visto pero quizá si percibido, a husmear en los bolsillos y perfumes de los pacientes transeúntes. Nada interesante. No puedo alimentarme de pitilleras o gafas graduadas, tampoco de aromas a albaricoque o hierbabuena. Prosigo mi camino.

Guilhaume Santana es joven; es joven y se está abrochando la camisa. No sabe que está siendo observado. Su compañera, Laia Baltar, tampoco ha notado nada. Unos cuantos metros más allá, un brillo llama mi atención. Dejo de observar los atrayentes labios de Guilhaume, su pelo negro como la pez, dejo de observarle a él durante un momento.

Eran cuatro y absolutamente perfectos. Sé que otros muchos hubieran querido estar en mi lugar en aquel instante y aquel pensamiento me presionó. Un nerviosismo fugaz se apoderó de mis translucidas entrañas, se aproximaba un momento tan pleno y trascendental para mi existencia vagabunda que cualquier fallo insignificante, propio o ajeno, me devolvería al vacío contaminado en el que había estado dando tumbos toda la vida.

Entonces, Guilhaume y Laia se acercaron, acompañados de dos hombres más. Con un cuidado y precisión casi ensayados se llevaron los instrumentos uno a uno. Me asomé por un tímido hueco entre bastidores: un centenar de personas, junto a sus sombreros y visones correspondientes, se intercambiaban sonidos ininteligibles para mí, como jugando a los cromos. Todas las butacas estaban ocupadas y no pude evitar sonreír, a mi estilo, al ver lo que parecía un niño del revés sobre una de ellas, compartiendo con el resto del público la redondez anatómica con la que le había dotado la naturaleza.

De repente, fui consciente de la situación: tendría que compartir mi banquete. Instantes después la luz se atenuó; oboe, trompa, clarinete y fagot despertaron. Disfruté recorriendo sus recovecos, nutriéndome de sus agudos y graves. Hasta que todo acabó con un mar sordo de aplausos.



lunes, 5 de noviembre de 2007

Boquita de pez II

Una mancha de vino en el mantel, una mancha enorme. Cuando volví al salón, la pecera, hecha añicos, se mezclaba con los cristales de lo que ayer había sido una pareja de vasos. Llegué a la conclusión de que el caos nocturno de la operación rescate me había hecho obviar el granate detalle. Aunque desconociera la causa, quedaba claro que lo que hubiera hecho caer al suelo a la pecera había tenido fuerza suficiente como para, además, llevarse por delante a los indefensos recipientes. Tardé un rato en recoger y cuando lo hice el sueño se había esfumado, por lo que me preparé una taza de leche caliente y aproveché el tiempo que me dio el microondas para echarles un vistazo a los peces. Todo parecía normal.

La alarma del microondas ya sonaba, cansada e impaciente a que llegara. Lo hubiera hecho, sin embargo me acerqué un poco a la bañera. Entonces, uno de los peces se giró en mi dirección y volvió a repetirme la pregunta. Lentamente, pronunciando con precisión, sin un ápice de expresión en su rostro de pez. No tenía escapatoria, que fuera un simple pececillo de colores no me daba derecho a ignorarle por segunda vez en la misma noche; pero es que realmente no sabía que responder, la incredulidad me carcomía. Sólo pude balbucear un no lo sé, pequeñajo, cerrar la puerta asustado y correr al salón de donde no salí hasta que se hizo la hora de ir al trabajo.

La mañana pasó lenta y por lo visto yo tenía muy mala cara. Mis compañeros no paraban de repetirlo con el mismo tono que hubiera utilizado mi tía Angelines después de darme el característico beso-chupetón de vaca. Aquel lunes la oficina se había convertido en el reino de las tías Angelines, todos preguntando por mi salud y ofreciendo caramelos de menta a ver si con azúcar se me quitaba el blanco fantasmal de las mejillas. Al menos me libré del beso. Les agradecí su preocupación, por supuesto, pero… ¿qué iba a decirles? ¿Qué uno de mis pececitos naranjas había aprendido a hablar y que estaba sediento de sabiduría marina? Me limité a excusarme con el típico apenas he dormido, lo cual era verdad, adornándolo con tímidas sonrisitas. Si no estuviera ya comprometido aquella hubiera sido una productiva forma de ligar.

Intenté olvidar lo sucedido pero me fue imposible; es bien sabido que con este tipo de intentos lo que realmente se hace es recordar. Aproveché el descanso de la comida para comprar una pecera nueva, esta vez de plástico, y para hablar por teléfono con mi novia, que enseguida me notó raro. No conseguí contarle nada por miedo se pensase unida a un lunático.

Al lunático se le pasaron los días, incluso los meses sin que nada al respecto sucediese. Las primeras semanas pasaba mucho tiempo observando pero, al no recibir nada más que indiferencia de los ojos vidriosos de sus compañeros de salón, ya rara vez se acercaba a la pecera. Ni el pececito curioso ni ninguno de sus colegas se salían del canon de su rutina mecánica de pez y mucho menos encontraba en sus ojitos cristalinos el más mínimo rastro de reconocimiento. El mito de la memoria de pez parecía cumplirse a la perfección en su particular mar en miniatura. En vez de ser un alivio, como hubiera sido de esperar, esta desconexión sumió al chico en una incómoda tristeza, del todo diferente a la que le hubiera producido cualquier comportamiento humano o incluso animal, como la de un perro o un gato que normalmente encienden mayor apego.

Una tarde de domingo fijó la mirada en la pecera y tuvo una idea. Metió uno a uno a los pececitos en una botella de dos litros y a esta en una bolsa de deporte. Bajo la cuesta, cogió el autobús y en un atasco y medio llegó.

-Una entrada por favor... -dijo mientras entreabría la cremallera de la bolsa- Espero que os guste, pequeñajos...




domingo, 28 de octubre de 2007

Boquita de pez

Cuentacuentos 32


Esta semana se me ha ocurrido "experimentar" un poco y he grabado el cuento con el micro. Tras varios intentos frustrados este ha sido el resultado. Si tenéis curiosidad pulsad en la grabación de la derecha. Eso sí, mejor que leáis primero la historia a vuestro ritmo y luego lo escuchéis por que creo que he cogido demasiada velocidad...


¿Por qué el mar es azul? me preguntó un día uno de mis peces de colores.

Era domingo y me acababa de aposentar en el sofá. Entre mis manos tenía las dos entradas de cine que acabamos de utilizar mi novia y yo; desde que salíamos juntos mi colección, que había comenzado siendo un crío, había crecido considerablemente. Llevaba guardando aquellos papelitos con una disciplina férrea durante casi dos décadas y ya había completado más de tres álbumes. Cientos de películas, horas, filas y asientos se reunían en el interior de aquellas tapas.

Enfrascado en mi cinéfila tarea la pregunta me descolocó de tal forma que tras escucharla la habitación y todo lo que se encontraba en ella desapareció unos segundos, todo menos la mirada indefinible del pez.

Tras volver de nuevo a la realidad de mi salón-leonera me limité a fingir que no le había oído, algo del todo creíble dado el volumen chispeante de los anuncios de la tele. No supe que contestar y para evitar que se sintiera ignorado me acerqué a la pecera y le obsequié con una generosa ración de gambas disecadas en miniatura. Tanto él como el resto de sus acuáticos compañeros se lanzaron a atrapar las motitas de color naranja con tal velocidad que enseguida formaron una masa multicolor, como una canica gigante. No quiero pensar lo que hubiera ocurrido si se hubieran topado con mi infeliz dedo gordo...

Aquella noche soñé que me convertía en cangrejo. Me encontraba en una sucia jaula de cristal bailando una especie de baile ritual, parecido a una jota aragonesa. Mis potentes pinzas se abrían y cerraban al ritmo y un grupito de preciosas féminas las miraba embobadas. Enajenado por mi orgullo de macho, fantaseando con lo que podía traer la noche, no me di cuenta de que las estilizadas patitas de mis admiradoras huían veloces al barco oxidado de la esquina. Un pulpo color carne envuelto en un guante de látex se abalanzaba hacía mi. Me puse nervioso, mis poderosas pinzas se paralizaron y no supe defenderme.


Entonces un sonido metálico me despertó. Accionada por un matinal resorte, mi mano derecha le propinó la acostumbrada “caricia” de agradecimiento al despertador. Él pareció dirigirme una inquisidora mirada y me di cuenta de que me había equivocado: quedaban horas para las siete de la mañana; el rencor que fluía por mis venas de madrugador obligado me impidió disculparme por el golpe.

Desconcertado, busqué por el piso el origen del ruido que me había robado mi recién adquirida personalidad de cangrejo. Tras mirar en unas cuantas habitaciones, todas inocentes, llegué al foco del desastre. Se había formado un charco enorme e incontables trozos de cristal de diferentes tamaños se habían diseminado por todas partes. De repente reparé en la presencia de mis pececitos, saltando débiles y desesperados entre todo aquel caos. Quité las flores del jarrón que mi novia se había acordado de llenar y fui metiendo una a una a las moribundas criaturas. Mientras yo llenaba la bañera, los peces se iban recuperando poco a poco entre agua con aroma a flores cuyo nombre ignoro e ignoraré siempre.





Continuará...

domingo, 23 de septiembre de 2007

Cruz del Rayo

Cuentacuentos 30


Incluso el que menos esperas podría ser el que lo dijo, el que se acercó, retiró con suavidad los mechones necesarios y pronunció aquellas palabras, dejando tras de si un calor que permanecería días y días, como un potente perfume, pegado a tu cuello.

Antes de entrar, contó las marquitas del billete rosado. Solo quedaba un viaje, a la vuelta se las apañaría con las monedas desperdigadas por el bolso. Se dejó llevar por la lentitud de las escaleras mecánicas, cuatro en total, mientras decenas de pies recién levantados le adelantaban. A pesar de llegar tarde, no tenía prisa. Sonrió: la melodía de la pista número cuarenta y seis le hacía recordar a la del tetris. Miró a su alrededor y la sonrisa se acrecentó: el chico tatuado que bajaba saltando de dos en dos los escalones se había convertido en una espigada viga amarilla; la joven de la falda con vuelo era ahora una estilizada ele de color morado y la señora bajita del carro de la compra un torpe cubo rojo. Todas las fichas querían ser las primeras en llegar al vagón y conseguir asiento como premio.

Ya a punto de llegar vio como un tren esperaba paciente. Decidió no correr, seguir con su parsimonia. Se subiría al siguiente.

Se sentó y echó un vistazo al resto del andén. No estaba sola. Se giró con disimulo y se sonrojó un poco al reconocer al ocupante del siguiente banco. Por suerte, él ni se había inmutado, estaba ocupado pasando las hojas de una revista que simultaneaba dos de sus grandes pasiones: mujeres y coches. Ya eran las ocho y cuarto, los dos deberían estar en clase. Por lo visto habían coincido en la decisión de saltarse la primera hora.

El próximo tren va a efectuar su parada en la estación. Una voz femenina avisaba de la inminente llegada. El andén se había llenado de piezas de tetris en pocos minutos y le costaba identificar al chico entre tantos colorines. Aun así pudo distinguir su figura entrando en el vagón de al lado.


Mierda –pensó- ¿qué te costaba subir a este? Se consoló pensando que solo tendría que aguantar tres paradas. Entonces los dos saldrían y le abordaría con alguna duda de dibujo técnico o cualquier excusa tonta. Se sentó entre dos cubos rojos un tanto regordetes que hacían que su estancia en el vagón resultara algo apretada. Cerró los ojos y se puso a pensar en el chico.

No le dio tiempo a que su fantasía volará muy lejos. El tren comenzó a moverse bruscamente de un lado a otro y las luces que iluminaban el vagón se hicieron intermitentes. Las fichas de tetris cuchicheaban, empezaban a mostrar signos de alarma. Una violenta sacudida desequilibró el tren. Evitando así un posible descarrilamiento, el conductor se vio forzado a recurrir al freno de emergencia. Entonces una extraña calma se apoderó del ambiente. Las fichas se miraban unas a otras con curiosidad, como si de repente se hubieran percatado de la presencia del resto. Ella no. Ella miraba a través de la pequeña ventana que dejaba ver el vagón de al lado. El chico ya no estaba en su asiento.

Se escuchó un ruido fuerte y seco y las luces se apagaron completamente. A la imprevista oscuridad le acompaño un momentáneo silencio que fue pronto roto por los lloros de una pequeña viga amarilla. La madre de esta la tranquilizó en seguida pero ahora eran los murmullos de los ocupantes del vagón los que juntos sumaban un intenso sonido semejante a una radio mal sintonizada.

Fue entonces cuando, con la confusión de fondo, notó como alguien le acariciaba el pelo. La mano se deslizó con delicadeza por su mejilla hasta recorrer levemente el contorno de sus labios. El dueño de las caricias se agachó y se acercó a su oído... rozándolo levemente...

-He parado el tren para decirte que...


Ella se sorprendió pronunciando estas últimas palabras en voz alta, mientras él se las regalaba en un susurro. Poco después la voz se apagó y ella no tardó en suponer que él ya no estaba allí. El ruido de la maquinaria comenzó de nuevo y en escasos cinco minutos volvió la luz. La puerta que comunicaba los dos vagones estaba entreabierta. A través de la ventana contigua le llegaba una tímida sonrisa...




sábado, 1 de septiembre de 2007

Homenaje a Cortázar



Hace tiempo que esto estaba cogiendo polvo en una carpeta de hace años. Hoy me decido a publicar la paranoia (aunque no recuerdo si lo he hecho ya...quizá en el antiguo espacio) eso si, con algún que otro retoque...

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Aburrimiento en el parque:

instrucciones para dar patadas a una lata


Antes de comenzar con las debidas premisas me gustaría hablarles, lo más brevemente posible, del “aburrimiento”, al que podríamos describir como una insulsa y anodina sensación que bloquea los sentidos y mantiene al cuerpo en general en un estado de pasotismo muy relevante.

El “aburrimiento”, que todo hijo de vecino ha experimentado, aparece cuando menos se espera adueñándose de la mente y provocando la aparición de una especie de aspiraciones de aire con el orificio bucal en posición de “bola de ping pong”. Estas aspiraciones, denominadas coloquialmente bostezos, son totalmente inofensivas e incluso beneficiosas para el organismo humano; se conocen casos de individuos que por carecer en un momento puntual del oxígeno necesario para una correcta actividad cerebral se vieron momentáneamente sentenciados a una lenta y segura muerte neuronal, de la que nuestro gran amigo el aburrimiento y su fiel compañero el bostezo de emergencia salvaron en un abrir y cerrar de ojos (o más bien de boca). Y es que esos pliegues color rosado “tan bonitos” y “encoliflorados” que escondemos debajo del cráneo también necesitan respirar...

Ahora que conocemos un poco mejor al señor aburrimiento, conviene advertir a los lectores que su compañía, salvo para vagos, pasotas, muertos, dormidos y/o sosos, es un tanto desagradable. Por lo tanto, este texto pretende desarrollar ya no pautas para combatirlo (que me llevaría mucho tiempo del que creo que no dispongo o del que no quiero disponer) sino, más bien, una en concreto (simple y absurda a partes iguales) practicable en zonas arboladas con grandes espacios alrededor, y a una distancia considerable de viviendas y/o personas a las que podamos importunar.



Siga detalladamente y por orden (1,2,3,4,5...), las siguientes instrucciones:

1.Observe detenidamente su anatomía. ¿Dispone de dos extremidades inferiores de características que rayen la normalidad humana? ¿Las extremidades inferiores ya nombradas anteriormente, a las que llamaremos de ahora en adelante piernas, terminan en una especie de ramificaciones de cinco más cinco pequeños apéndices? ¿Estas ramificaciones, a las que pasaremos a llamar pies, y sus pequeños apéndices, denominados comúnmente dedos de los pies, están rodeados de una capa protectora –zapato- que les amortigüe de incómodos roces con la superficie sólida más cercana –suelo-? Compruébelo. Dispone para ello de unos minutos. ¿Ya? Si no está usted del todo seguro no dude en preguntar al primer transeúnte que se encuentre haciendo uso de una frase tan común como ésta: ¿Podría usted ser “tanamableporfavor” (diga esto rápido y sin respirar) de indicarme si llevo “zapatos” en los “pies” (que salen de mis “piernas”) y en los dedos de los “pies” (en los míos, no en los suyos)? Probablemente el individuo al que le haga la interesante e inocente pregunta le dedicará una peculiar mirada, pensará que acaba de escaparse de algún centro psiquiátrico (definición en próximas ediciones) o simplemente le ignorará y seguirá andando (repaso: utilizando las piernas y los pies).


2.Comience a caminar (¡mueva las piernas!...¡a la vez no, que se caerá!... -salvo que lo haga con cierta gracia, a lo que llamaríamos salto-) y vaya en busca de un pedazo de latón en forma de cilindro que en el 69,666% de los casos será roja con letras blancas (coca cola). Nota: no busque en el cielo, debido a la fuerza de la gravedad (cómprese un diccionario, ¡yo no puedo explicarle todo!) la mayoría de los cilindros de latón –o latas- estarán desperdigados por el suelo o en su defecto, en un lugar llamado papelera (donde le recomiendo no rebuscar).

3.Elija una. Si recorriendo el trayecto de la zona arbolada en la que se encuentra se topa con un exagerado número de cilindros de latón próximos entre sí no localizados en el interior del cubículo de la papelera: avise al ayuntamiento (¿qué le dije del diccionario?), los encargados de la limpieza (sea elegante en sus denominaciones) no tienen el gen de la actividad muy desarrollado.

4.Visualice su objetivo: el cilindro de latón o lata. No se trata en absoluto de emular a Ronaldihno sino de desahogarse y ahogar, a su vez, tensiones. Por lo que prepárese para propinar una patada a la lata (cerciórese antes de lo siguiente: ¿es zurdo o diestro?) es decir, aproxime su pierna izquierda o derecha (recuerde: no las dos a la vez o se dará una buena os... digo golpe) con toda la fuerza explosiva de la que disponga y golpee con los dedos de los pies que, como dijimos en el punto número uno -que debió leer con mucha atención-, se encuentran protegidos por el zapato.

5.La lata manifestará movimiento. Si esto le libera momentáneamente del aburrimiento y los bostezos persígala (ande) y repita la operación descrita en el punto anterior. Cuando sienta cansancio o vuelva a aparecer el traicionero aburrimiento deténgase, procurando no dejar la lata en medio del espacio arbolado y así colaborar con el ayuntamiento y los posibles encargados de la limpieza faltos de actividad.




Advertencia: estas marcianas instrucciones (categoría: idas de pinza) y sus respectivos e incontables paréntesis fueron creados una noche de “ lucidez” vodkalizada. A la creadora, que se lo pasó pipa en su elaboración, “le trae –cariñosamente- al fresco” lo que se opine de ellas. Muchas gracias. *

*Esto último leído con voz de aviso de supermercado.



domingo, 5 de agosto de 2007

Blablabla...

Cuentacuentos 24

Le escuché en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado. Si le interrumpía nunca sabría la verdad así que esperé paciente a que recuperase la calma o lo que fuera que hubiera perdido...Nada más verle supe de lo que quería hablarme.

No me estaba enterando de nada. Al principio supuse que con los nervios no era capaz de pronunciar bien. Pasaron los minutos y consiguió calmarse así que imaginé que por fin empezaría a hablar con normalidad y que yo le entendería de una vez. No fue así. Llevábamos toda una vida juntos...¿cómo era posible que, ahora, de repente, no entendiera ni una sola palabra suya? ¿Qué me pasaba? ¿Estaría borracha?¿Lo estaría él? Tuve que interrumpir estos pensamientos: sobre su cabeza empezaron a formarse unas nubecitas rosas que al rato se transformaban en tres letras mayúsculas. BLA BLA BLA... Al principio solo aparecieron dos o tres filas pero empecé a asustarme cuando sobrepasaron la veintena y comenzaron a agolparse por todos los rincones de la habitación. Sabía que seguía hablando porque no paraban de salir nubes de su cabeza pero ya no le veía, los blablablas rosas flotaban amenazantes entre los dos y me quitaban toda visibilidad.

Abrí la ventana y los blablablas salieron volando. Ninguna nube rosa más salió de su cabeza por lo que supuse que había terminado de hablar. Me miró avergonzado (poco después entendí la razón) esperando una respuesta.

-Lo siento cariño, pero no me enterado de nada de lo que me has dicho...-le dije esforzándome por no darle demasiada importancia a lo que había presenciado-Ha sido muy extraño...¿no has visto lo que salía de tu cabeza?

Miré hacía el techo. De mi cabeza comenzaron a salir blablablas de color verde: él tampoco me estaba entendiendo. Nos miramos. Me fijé en la maleta que él tenía a sus pies. Debía llevar todo el rato allí pero no me había fijado en ella hasta ese mismo instante. De repente lo vi todo claro. Se marchaba, quizá hubiera otra persona. Hacía mucho que no lográbamos entendernos, el incidente de aquella tarde lo había confirmado: era como si ya ni siquiera hablásemos el mismo idioma. El amor se había esfumado hace muchos años y ahora solo quedaba un hilo de cariño y amistad. Me sentí bien, contenta por él...se había atrevido a dar el paso, a dejar una vida que había perdido el significado con el que comenzó.

Nos miramos a los ojos, nos sonreímos y nos fundimos en un abrazo. De su cabeza salieron unos cuantos blablablas más, sus ojos me hicieron adivinar lo que no había entendido de sus palabras.

-Cuídate mucho tú también –le dije mientras mis nubes verdes volvían a aparecer...

Nunca volveríamos a hablar el mismo idioma.