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lunes, 7 de diciembre de 2009

El final de Lewis Carroll


Desde lo alto de la loma, vio asustado como la niebla penetraba incluso en las casas y siguió corriendo, mancillando su blancura con el fango de los charcos. A lo lejos, la humareda de gritos y pisadas se aproximaba insultante, siendo cada vez más palpable aquella masa de capas,varitas y chisteras.


El ejército negro que ahora le acorralaba había sorprendido la aldea en mitad de la noche y hasta la luna, aquel día ausente, parecía haber apoyado esta infame violación, dejando que gobernara una plomiza y poco fiable oscuridad. Sin embargo, los aldeanos sospechaban desde hace meses de la posibilidad de esta rastrera incursión y a la mayoría no les fue difícil poner en marcha tácticas certeramente escurridizas.


Muy pocos naipes fueron capturados, debido a su rapidez y facilidad para escapar por cualquier hueco, fuera lo estrecho que fuera. En cuanto a las palomas, aquel día las condiciones meteorológicas estaban de s
u parte y pudieron alzar el vuelo sin más de una o dos bajas. Pelotas, pañuelos de colores...todos respiraban tranquilos bajo el cobijo de rincones seguros.

Muy diferente era la situación de los recién convertidos en prisioneros, que lloraban y lanzaban chillidos agudos y totalmente desesperados, conscientes de su lamentable destino. Muchos de aquellos lloros provenían de las gargantas de los suyos, más lentos y rollizos que los demás habitantes de la aldea y que para más inri aquella misma noche ha
bían disfrutado de una copiosa cena, aumentando así considerablemente su peso corporal y desfavoreciendo el uso de brincos de huida. Como resultado: jaulas llenas a reventar de enormes conejos blancos, entre los cuales no se encontraba Lewis, al menos todavía.

Un noséqué había propiciado su ausencia en el banquete y que pasara las horas ojeando libros de su magnífica biblioteca. Ahora, con todo el horror vivido latente en sus retinas, Lewis huía por un laberinto frío de chopos y abedules. ¡Sálvame, Alicia!





domingo, 26 de abril de 2009

"Sin título"

Entrada un tanto insulsa escrita deprisa y corriendo para participar en cierta propuesta; si en mi blog se utilizara a menudo la palabra "mierda" esta sería una buena ocasión. Pretendía tener continuación pero, sinceramente, el tema me parece tan manido y tengo tan pocas ganas y tanto que hacer (gracias, universidad) que no creo que eso ocurra.

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Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Había pasado semanas tanteando sin éxito, ya que cualquiera de los momentos que surgían no parecía el oportuno. Por fin se armó de valor y lo soltó sin rodeos, como aquel que cuenta con desparpajo cualquier anécdota relacionada con matar mapaches con escopeta (hecho muy usual en el condado).

Henry esperaba la reacción de su esposa con inquietud pero la respuesta fue toda una sorpresa. Ella había respondido asombrosamente bien y por lo visto había logrado convencerla sin formar una bolera de cabezas rodantes (aunque solo se pudiera dar el caso de que fueran dos).


-Me quedaré el tiempo justo hasta atraparlo que, según mis cálculos más optimistas, no será más de dos semanas.

-Como ya te he dicho Henry, no tengo por que ponerte ninguna pega, pero no hagas el cafre y eso sí, no me pidas que te acompañe aunque sepa a ciencia cierta que no es lo que pretendes –bromeó Rose que conocía de sobra la obsesión que Henry atesoraba desde que era un chaval. Cincuenta años más tarde, podía ver sin dificultad a aquel mismo jovencito ilusionado, con la misma sonrisa bobalicona a través de un cuerpo estropeado y panzudo de mecánico jubilado.

Henry le propinó un brusco y descoordinado beso en la mejilla, con tanto ímpetu que Rose tuvo que apartarse un poco para no recibir un cabezazo. En poco menos de media hora el anciano había sacado del garaje todo lo que consideraba necesario y lo había metido en la parte trasera del todoterreno junto con dos cajas enormes de comida en lata.

-No tengo tiempo que perder querida, no tengo.- masculló torpemente Henry mientras aposentaba su raro trasero entrado en edad, que le hacía parecerse cruelmente a un pato Donald un tanto descuidado. De hecho, si la cara de una persona pudiera parecerse minimamente a la de tal animal palmípedo, el de Henry sería el rostro que más se acercaría a tal logro del mundo.

-Llamaré de vez en cuando a Ted para que me dé noticias tuyas y si alguno de los niños viene de visita les mandaré a echarte una mano ¿qué te parece?

-No hará falta, querida. Volveré con él sin ningun tipo de ayuda, ya lo verás.- de pura emoción Henry temblaba y actuaba con mayor torpeza por lo que ahora si que era inevitable verle como una especie de hombre-pato gigante. No solo cualquier desconocido lo pensaría, de haber estado allí, sino la misma Rose, su esposa, no pudo evitar convertir los dos "toques de clacsón" que su marido lanzó a modo de despedida en un chiste sonoro privado en forma de graznidos de pato, por lo que la risa tonta inundó sus facciones (¡quack! quack! a ti también, Henry, ¡quack!¡quack!)


Unas cuantas horas después Henry bebía cerveza dentro de una tienda de campaña frente al lago. Su temperatura no era la idónea por lo que sería mejor ir metiendo a las truchas y a las colmillejas (que traía en una especie de piscifactoría de andar por casa) al día siguiente, cuando el agua se hubiera calentado un poco. Por la mañana, todo cambiaría: aquella zona del lago se infectaría de pequeños peces introducidos al agua por Henry y su objetivo acudiría en cuestión de minutos a por tal manjar. Aquella bestia podía engullir toneladas de peces en una sola semana y Henry, que había estudiado su gustos alimenticios con tacaña precisión, sabía que no podía haber elegido un menú mejor. Entonces, mientras el gran pez engullía con ansia su particular banquete, él se metería al agua helada provisto de un traje de neopreno y se limitaría a permanecer muy próximo al animal. Repetiría la operación durante semanas hasta que la criatura se acostumbrase
a su presencia e iría ganando poco a poco su "branquial" confianza...




pd: es tarde y los ojos me hacen chiribitas; para haber vuelto a reanudar el blog creo que ya está bien. Próximamente más, para quien le interese.

martes, 17 de junio de 2008

Cuentos de un futuro incierto

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Hoy seré breve: hace más o menos un año surgió Cuentos de un futuro incierto, un proyecto colectivo que pronto (en algún momento de este verano) se dejará ver en formato revista. Como pequeño adelanto, os dejo la portada (que mi amigo Pedro me “encargó”… -¿cómo me iba a negar?-). En cuanto se pueda, os iré contando más sobre el tema.
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De momento el Kloveriscopio seguirá un poco parado (o esa es, al menos, la intención) que junio aprieta (esperemos que sin ahogar porque, entre otras cosas, me estoy hartando de tanta referencia al clavamiento de codos) Lo dicho: ¡a cuidarse!

domingo, 1 de junio de 2008

La muerte es amarilla

Quedan tres minutos y medio para ahogar el silencio así que decide aprovecharlos para terminar el artículo. Cuando esto sucede, cierra el amarillento diario con brusquedad y se limita a seguir esperando. Aún no se han apagado las luces, por lo que la esfera del reloj le chiva el retraso con claridad.

Los congregados comienzan a repartirse miradas, soltando carraspeos y suspiros que se esparcen por toda la sala. Da la sensación de que se regeneran de alguna forma, que una vez emitidos por la garganta en cuestión, crean una nueva versión de sí mismos y se dejan sonar por los recobecos del teatro, muriendo y renaciendo una y otra vez. Puede ser, también, que los carraspeos y suspiros se reproduzcan entre ellos, dando lugar a una prole de esperpénticos sonidos nunca antes escuchados que, a su vez, formarán otros, creando generaciones sin fin.

Dado este mar flotante de decibelios de manos de un público impaciente, el silencio lleva un buen rato herido: ya solo queda rematarlo. Para ello el telón debería arrancarse la pereza y separarse en dos mitades, lo cual no termina de suceder. El espectador del diario antes citado, rebusca entre uno de los bolsillos de su gabardina amarilla del que en seguida extrae un papel arrugado. Éste le confirma que la representación debería haber comenzado hace ya veinticinco minutos. Decide seguir esperando. Mientras, una docena de personas abandonan sus asientos y se dirigen enfurruñadas a la salida. Sin embargo, antes de que lo consigan un ruido sordo se traga a todos los demás y las puertas se cierran de golpe. Antes de que dé tiempo a ninguna reacción clara, los focos resaltan el escenario. Una figura negra, enmascarada y desconcertantemente elegante se erige sobre las tablas. Toc toc, dos pasos sobre la madera, un guiño hacía el palco. Segundos más tarde el silencio sigue muerto, gritos de pánico sustituyen a los suspiros, y un cuerpo se desploma sobre un diario de artículos ya leídos.


sábado, 31 de mayo de 2008

Historia interminable



Un "rubito escritor granaíno" me pasó anoche un reto en forma de historia interminable con el fin de que continuará. Llegué relativamente tarde a casa después de un día crudo y blablabla, y fui incapaz de ponerme pero ya saqué un ratejo. Estas son las instrucciones:


1. Cada persona pondrá el nombre de su blog delante de sus frases.
2. Enviará la historia a dos personas.
3. Las siguientes personas, al copiar el post, borrarán las direcciones de blog puestas, harán sus líneas y se las mandarán a otras dos, así sucesivamente.
4. No se puede devolver el post a la persona que te lo envió.
5. Y si te vuelve a tocar, no se la puedes enviar a la misma persona que se la enviaste.
6. El blog número 100 terminará la historia y se la mandará al email leinad19xico@hotmail.com
7. Si tenéis alguna duda ya sabéis donde localizarme (aunque lo cierto es que hay cosas que no tengo muy claras...como cuando se sabe si se ha llegado al blog 100...pero es cosa de preguntar al emisario...)
8. ¡Ah! Última y muy importante regla: la persona a la que aviséis de que es la siguiente, sólo tiene un día para coger el relevo, si en un día no lo ha hecho no vale, y se lo tenéis que comunicar y cambiar de blog.Si esto sale bien, durará un máximo de 100 días y serán unas 1000 frases. El responsable de la idea es http://www.melees.blogspot.com/


Aquí os dejo el relato que se ha ido formando:


HISTORIA INTERMINABLE

Era impensable, no me lo podía creer, mi mente daba vueltas una y otra vez y no conseguía ser consciente de lo que había pasado, ya no había vuelta atrás, era todo tan confuso.Miré durante unos instantes el martillo ensangrentado, lo envolví en un paño que encontré en el primer cajón de la cómoda y lo escondí en el fondo del armario. A los tres minutos me encontraba en la calle, necesitaba airearme, pensar...En aquellos momentos mi mente aún no estaba preparada para ello... el aire gélido de la mañana cortaba mi rostro como un cuchillo acerado, aún sentía en mi pecho el ritmo acelerado de mi corazón sobresaltado por los espeluznantes hechos que había, en fracciones de segundo, vivido...

Aún no podía explicarme cómo demonios había llegado el martillo hasta mis manos y porqué reaccioné de la forma tan brutal como lo hice... Sólo sé que había acabado todo, que era el fin de mi tortura y el comienzo de una vida mejor.Por primera vez, me sentí libre. Había logrado lo que estaba deseando hace mucho tiempo. ¿O realmente yo no lo había deseado nunca? Solamente las circunstancias me habían hecho llegar a aquel extremo en el que me encontraba.No, seguro que detrás de todo aquello había una fuerza misteriosa que me apoyaba. La pregunta era ¿Por que? Sacudí la cabeza.No me debía engañar por más tiempo, no, yo ya sé mi verdad, pero al estar dormitando tantos segundos de mi vida me va a costar desperezarla. Tal vez, la bruja de mi suegra no merecía brecha de tales dimensiones en su cráneo. Sin embargo, por una vez, creía haber hecho lo correcto.Por otra parte si yo no la hubiese atacado a ella quizás ahora sería yo la victima. Porqué a decir verdad la relación con mi suegra siempre había sido de amor-odio. Pero ya había pasado todo y no era hora de pensar en "si hubiera sido de otra forma". Ahora tenía que explicarle a mi pequeña hija Andrea que ya no vería más a su malvada y querida abuelita.

Sentí un ruido lejano, parecían las agujas de un reloj y esto hizo que me sobresaltara. Estaba un poco aturdida, ¿se trataba sólo de un mal sueño? Me dirigí al último cajón donde creía haberlo guardado y toqué algo frío y húmedo. Algo extrañamente húmedo en un cajón. Retiré la mano instantáneamente, me asusté, aquel objeto no me resultaba familiar, pero la duda me carcomía por dentro. La eterna lucha entre la curiosidad y la prudencia, pues yo, en el fondo, sabía que debería cerrar ese cajón para siempre y olvidarme de lo que había tocado, pero no fui capaz de resistirme y volví a introducir temblorosamente la mano. Mientras cientos de instantes paseaban fugazmente por mi cabeza, pensé que lo tenía todo embrollado, estaba perdida. Me había metido en un montón de negocios insensatos en lugar de pensarlos despacio y con método. Las facturas de los gastos de mi propia casa y de mis aventuras en el juego se acumulaban hasta el infinito...


Suspiré y me dispuse a esconder todos los rastros de mi acto. He de limpiarlo todo antes de que lleguen mi marido y mi hijo. Arrastré el cadáver hacia la bañera de la planta de abajo. Una sonrisa fugaz asomó en mi rostro cuando pensé que, a pesar de que tenía a mi suegra por una cabeza dura, su cráneo se rompió con bastante facilidad. Supongo que casi cualquier cosa se rompería con facilidad con un martillo de acero tan pesado.

Lo primero era decidir que hacer con el cadáver, tenía varias opciones para deshacerme del cuerpo, pero debía pensar con calma, cúal sería la que contaba con menos posibilidades de no ser descubierta por la policia. También debía buscarme una coartada, mi suegra estaba de visita y muchos familiares lo sabían. Pero lo primero es lo primero, hacerla desaparecer.
Barajando varias posibilidades, al final he decidido descuartizarla en la bañera, para después tirar sus restos en varios contenedores, para ello me iré a otra ciudad y puede que a otra provincia, tengo que echarlos a los de basura orgánica y la trituradoras de basura harán el resto. Creo que esa es la mejor solución por ahora.

Pero, ¡mierda!, ¿cómo coño iba a descuartizarla si no tenía ninguna sierra? Afortunadamente, una bombillita iluminó mi azorado cerebro. Fui corriendo hasta la cocina y rebusqué en uno de los armarios. ¡Bingo! Siempre supe que los cuchillos de la Teletienda acabarían por servirme para algo. Ahora sólo faltaba comprobar si realmente eran capaces de cortar cualquier cosa, como afirmaba muy ufano el chinito que los anunciaba. Volví al cuarto de baño con mis instrumentos de trabajo y comencé la ardua y repugnante tarea.

Con paciencia y esmero, con una exactitud pasmosa gracias a un interesante libro forense de un familiar, empecé a despedazar la rodilla. Introduje el punzante objeto contundentemente, el carnicero lo hacía, y no parecía muy difícil.
De hecho, resultaba extremadamente placentero pensar cómo iba eliminando pedacito tras pedacito a aquella miserable mujer que había arrasado y teñido de resentimiento los años más adorables de mi estúpido matrimonio. Todas las mujeres odian a sus suegras y yo no estaba dispuesta a ser una excepción. Lo malo es que el odio había acabado en que sostuviese una cuenca ocular con mi mano izquierda mientras pensaba: "nunca conseguiré entender cómo hay gente a la que le pone la sangre. A mí me vuelve de lo más maléfica". NO hizo falta que proclamase sus carcajadas en voz alta.


Todo fue rápido. Acabé la tarea, llevé las bolsas -cuatro fueron suficientes- al contenedor de la esquina y volví a casa. Entonces encendí un cigarro, llamé a Julio y le dije: "Julio, tu madre no ha vuelto aún, empiezo a preocuparme, llámame cuando puedas". Luego fregué los restos de sangre y me duché. Cuando salí de la bañera me miré en el espejo y comprobé la curvatura del vientre. Aún desnuda eché un vistazo en la habitación del bebé; faltaban cuatro meses y era importante poner las cosas en orden. Una tenía sus prioridades y, a pesar de lo que pudiera parecer, sus remordimientos. Pero ninguno por lo que acababa de hacer. Esa noche me metí en la cama con las sábanas limpias y frías, un nudo en la garganta y el corazón palpitante. Me sentía viva, podía oír hasta el canto del último grillo de la urbanización. Me masturbé, me retorcí en la cama y caí rendida. Más tarde soñaría con un amor de la universidad.

/kloverkirov/Sin duda, fue una buena noche; al despertar me encontraba extremadamente alegre y llena hasta los topes de energía. Ni una gota de remordimiento. Era muy temprano y Julio, que debía haber llegado a casa a horas intempestivas, seguía dormitando en el lado izquierdo de la cama; acerqué mi cara a escasos centímetros de la suya, sonreí: incluso durmiendo mantiene esa mueca de gilipollas, pensé. Me había desnudado casi del todo y ahora sentía un cosquilleo en el abdomen, efecto de la fría corriente que salía de la ventana, así que, de un salto, me dirigí hasta la bata roja. Al pasar por el baño e intuir la bañera por el mínimo hueco que dejaba la puerta entreabierta con respecto a la pared, un impulso enorme se apoderó de mi./kloverkirov/

De momento así se queda; mis elegidos para continuar son el burbujero Yasi y la furci Uve. ¡Todo vuestro!

lunes, 12 de mayo de 2008

Ángel Croqueta III


Entradas pasadas -para seguir el hilo sin parecerte más absurdo de lo es...-:

Ángel Croqueta I
Ángel Croqueta II


-Perdone, ¿tiene hora? El autobús está a punto de llegar y no sé de color ponerme los zapatos.

En el vuelo de Ángel Croqueta los años habían dejado huella y tuvo que hacer un alto en el camino por que le dio flato. En la marquesina donde decidió pararse a descansar, una anciana le miraba expectante:

-¿No me ha oído, caballero? ¿Tiene usted hora? Quizá me dé tiempo a cambiarme de zapatos…y…

-¿Perdón? –el aplatanamiento de Ángel era considerable.

-Que si tiene hora…quiero cambiarme de zapatos…Creo que no terminan de pegarme con el vestido y...

-Si, si…las dos de la madrugada…señora… ¿puedo preguntarle qué hace todavía por aquí? Es martes… siento desilusionarla pero no creo que llegue ningún autobús…si fuera fin de semana ya sería otra cosa…

-Éste llegará, señor. Se lo aseguro... Lo cojo todas las noches desde hace catorce años… Los monos son muy buenos conductores, señor y su tierra una auténtica maravilla. Cuando me jubilé, mis hijos me consiguieron un pisito por la zona y estoy encantada… Los monos son encantadores…

-¿Los monos, señora? ¿Ha dicho usted… monos?

-Eso he dicho, hijo. Los monos son ciudadanos ejemplares, nuestra raza debería aprender de la suya…vaya que sí…

-Mmm… ¿sabe qué señora? Me va a tener que disculpar, tengo prisa... Cuídese y…déle recuerdos a los monos…- Ángel se alejó con cara de circunstancias... no sin dedicarle a la espalda de la anciana el típico gesto del dedo giratorio sobre la sien…

La calle de los Romero estaba desierta. No le fue difícil dar con la casa, a la que para ser justos con sus características mejor valdría llamar “villa romana” o ya puestos…"olímpica”. Al pulsar el timbre comenzó a sonar la polonaise de Chopin y segundos después, una muchacha vestida con un uniforme blanco y negro le abrió la puerta.

-Los señores le están esperando en el salón, acompáñeme señor Croqueta.



Lo dejo aquí, ya lo continuaré otro día. ¡Buena semana!

martes, 29 de abril de 2008

Ángel Croqueta II


Si se te pasó la primera parte: Ángel Croqueta


De mala gana Ángel se levantó, no sin una pizca de socarrona parsimonia. El teléfono le martilleaba los tímpanos y, una vez descolgado el auricular, le costó no dejarlo caer suavemente al lugar de inicio.

-Dígame... -soltó Ángel con aire de teleoperador amargado.

-¿Croqueta? ¿Croqueta? ¿Me escucha? –una voz masculina y al borde de la histeria más insoportable parecía saberse su apellido a la perfección.

-Como para no hacerlo...

-Le llamo desde la central de superhéroes y...

-Hace cinco años que me jubilé, señor...¿con quién hablo?

-Hänsel Garrincha, secretario del super intendente Constantino Romero...

-Señor Garrincha...revise los archivos y llegará a la bonita conclusión de que ya no presto servicio...Buenas no...

-Vera señor Croqueta es urgente. Todos los superhéroes con licencia de la región sufren una extraña dolencia: el síndrome de cabeza globo. Hace cinco días en la comunión del hijo de los señores Romero ocurrió un pequeño accidente y todos los asistentes (entre los que se encontraban trescientos superhéroes) contrajeron el virus...

-Por favor, le ruego que vaya al grano...no son horas...¿Qué puedo hacer por usted? ¿De cuanto estamos hablando?

-Por supuesto que los honorarios serían más que generosos, señor Croqueta. Verá, el pequeño Berto, hijo del señor Constantino y la señora Adela Corti...

Ángel se atragantó. ¿Adela casada con aquel pez gordo? ¿Adela la hippie con un sucedáneo de gordo del monopoly y con al menos un hijo? Se mareó...pero la voz cargante de Hänsel Garrincha enseguida le trajo de vuelta.

-¿Señor Croqueta? ¿Está usted ahí?

-Sí, perdone...Mi perro se ha puesto a ladrar como un loco y he tenido que ir a ver lo que le pasaba...nada importante...Habrá olisqueado feromonas femeninas o algo...Siga contándome.

-El hijo del señor Constantino se ha escapado de casa. Ha dejado una nota un tanto extraña y se ha llevado a su mono. La familia Romero está desesperada y está dispuesta a hacer y a pagar lo que sea para recuperar al pequeño...

-Cuente conmigo, entonces. Todo por ayudar a una familia en apuros- la última palabra sonó más aguda de lo normal...y es que acaba de recordar el vestido de Adela con reacción de uno de sus amiguitos corporales incluida.

-Muchas gracias señor Croqueta. Le esperamos en el domicilio de los Romero, ahora le doy la dirección.

Ángel tardó diez minutos en encontrar sus viejas mallas y otros diez minutos en hacer lo propio con la vieja capa a la que le faltaba la ese de Super y la erre de Croqueta. Abrió la ventana de la terraza: Uper Coqueta volvía a volar.


viernes, 25 de abril de 2008

Pirueta mortal en miniatura


El día 23 tuve suerte:la de dislexias (más conocida como Rayos Uve o -Fernández- de la Vega ) tenía no sé que conferencia así que solo me tuve que quedar a una clase y luego pude salir pitando a la Fnac a por el libro de Berto Romero y su compañero Xavi Tribó (Cero Estrellas. Críticas de un mundo absurdo). Estoy luchando con la tentación de terminármelo de una sentada; prefiero masticarlo y disfrutarlo el mayor tiempo posible, lo cual es complicado porque el cabrón del librito engancha. Las reacciones de la gente son cuanto menos curiosas cuando suelto una carcajada en el autobús o sentada en alguna cafetería. Cuando lo termine, dejaré mis impresiones en forma de entrada (como no) y quizá me atreva a hacerle un guiño en forma de crítica.

A eso de las seis y para aprovechar de alguna forma la tarde/noche de los libros, me pasé por la Escuela de Escritores, donde se habían organizado talleres literarios. Participé en estos tres: “La escritura dramática”, “El relato” y “Dar vida a un folio en blanco”. Me interesó bastante y, de hecho, me estoy planteando apuntarme a algún curso este verano, si no surgen mejores planes (aprovecho para decir que si tenéis habitación libre en el apartamento de la playa, os vais de Interrail u os sobra hueco en la casa del pueblo -a poder ser en fiestas-, gustosamente me ofrezco voluntaria ya que lo único que tengo seguro para verano es Granada y estudiar algun que otro examen para mi adorado septiembre).

Aproveché para seguir con el vicio bertoril en los descansos de los talleres -también me socialicé un poquito pero Berto es Berto- y como se puede comprobar servían vino...


También me presenté a un concurso de microrrelatos (los resultados salen hoy, el premio: un curso en la escuela). En todos los talleres escribí algo (en mi defensa diré que en escasos diez minutos). Os dejo el de el taller de relatos y el microrrelato; el de escritura dramática es bastante bodrio y el del folio en blanco fue un ejercicio de escritura automática (que en mi caso es sinónimo de tres largos folios del todo surrealistas)


Taller de relato

Se trataba de inventarse, en diez minutos, la historia de un niño que quería ser X de mayor pero, por lo que sea, algo se lo impide:

De pequeño me hubiera gustado trabajar en un circo, de equilibrista. Recuerdo que, con cinco o seis años, contaba con una elasticidad que cualquiera de mis hermanas –chicas y, por tanto y en teoría, más ágiles en este sentido- hubiera querido para sí. Me levantaba una hora antes de lo que se esperaría, saltando de la cama a las cortinas y de allí, con ayuda de una pirueta mortal en miniatura, directamente al suelo.

A la hora del desayuno, mis piernas tenían tanta fuerza y ganas que tenía que contenerlas para que no salieran despavoridas a hacer cabriolas al parque, al que acudía a diario a practicar. Había llegado a tal punto de confianza en mi habilidad que me sentía capaz de atreverme con el plato fuerte del apartamento: las cuerdas de tender. Mis hermanas no habían llegado todavía a casa y podía probar mi agilidad sin prohibiciones. Dos semanas de escayola después, decidí que mi nueva profesión tendría un tinte más seguro, por lo que seguir con la tradición familiar en la fábrica de sillones podría ser una buena baza.


Microrrelato


Con 100 palabras -parecía fácil pero vaya...es jodido...- sin contar la frase de inicio (Cuando yo tenía seis años vi en un libro...,-tal y como empieza El Principito-) (como podéis comprobar todo queda en la secta de los niños de seis años...)

Cuando yo tenía seis años vi en un libro una letra que no entendí. Parecía una jirafa en miniatura trazada en tinta negra. No tardé en desechar aquella selvática identidad y, tras una copia minuciosa, comencé la investigación. Comparé el símbolo con todo texto que se me cruzaba, sin ninguna coincidencia. Se lo pregunté a mis padres y me dijeron que era una errata (algún tipo de animal, supongo), un borrón en opinión de mi hermana. Esa misma tarde entró una mosca por la ventana, se posó en mi oído y me aseguró que se trataba de una de las vocales pérdidas de la milenaria lengua de sus antepasados.

Y ya para despedirme decir que he ganado una de las 100 chapas de Estado de chapas: (número 54 de la lista) y, como no, el diseño que elegí tuvo que ver con Mr Nilson. Ya os la enseñaré. Si buscais en la lista de chapas de la primera página encontrareis la chapa de Berto que encargué disponible para todo el que quiera (chapa número 703). Buen finde.


lunes, 21 de abril de 2008

Ángel Croqueta

Esta semana me ha dado por retomar "aquel experimento" (si tenéis curiosidad pichad en: Boquita de pez) y me he grabado leyendo el relato.En mi defensa diré que tenía prisa y he tenido que colgar el primer intento, quedara como quedara. Sé que es bastante mejorable (sobre todo por el tono adormilado) Recomiendo leer primero el texto y luego ya darle al play…
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La última vez que se vieron eran todavía adolescentes pero Ángel Croqueta recordaba perfectamente su nariz -Adela Cortina* contaba con una prominente napia que daba un toque exótico a su extraña belleza- y la reconoció al instante. A medida que se acercaba al mostrador, Ángel pudo comprobar que para Adela los años parecían haberse congelado. Conservaba intacto aquel cuerpecito de quitar el hipo y seguía manteniendo su estrambótica forma de vestir, que tantos problemas le había dado en el colegio de monjas. Enfundada en un vestido a rayas verdes y naranjas, con aire despistado y unas sandalias de cada color, Adela abrió la puerta del estanco:

-Un paquete de Lucky, por favor.

Ni el más mínimo signo de reconocimiento; Ángel no pudo evitar sentirse algo decepcionado. Era cierto que los años no le habían hecho demasiada justicia: completamente calvo y con una barriga estilo tonel no guardaba mucha similitud con el flacucho Angelillo Croqueta de hacía veinte años, pero aún así ella, precisamente ella, podría haberse dado cuenta. Carraspeó:

-Aquí tiene señorita, dos euros y medio por favor.

Gracias y buenos días de por medio, Adela no tardó más de medio minuto en esfumarse. La chica se subió a una vespa verde aparcada en la acera de en frente pero a Ángel no le dio tiempo a fijarse en la dirección que tomaba porque, de un golpe en el cristal de la mampara del mostrador, un señor con bigote le despertó de su aletargamiento gilipollezco. Debía haberse quedado bastante rato embobado porque el hombre le dedicaba una cara de muy pocos amigos.

La hora del cierre llegó y Ángel volvió a su apartamento con una sola idea en la cabeza (a buen entendedor pocas palabras bastan). Al llegar a casa, Rodolfo, su adorado y fiel (a veces) compañero canino, le esperaba con una sorpresa que redondeara el día. Ahora las cortinas del Ikea recién estrenadas podían usarse para disfrazarse de vagabundo. Ángel se tiró al sofá, dándose un golpe en el hombro con un botellín de cerveza. Mientras se acomodaba, dolorido, el teléfono empezó a sonar.






Continuará


*Es un nombre real (me lo encontré en la revista de El País de ayer) pero me gustó tanto para la historia que lo he tenido que tomar prestado, espero que a la propietaria no le importe xD

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¡Muchas felicidades Cro!

Quien quiera descubrir a una pequeña gran artista: Petit Bonbon


lunes, 14 de abril de 2008

Cumpleaños


La oscuridad lo envolvió todo y supo que, cuando volviese la luz, todo habría cambiado. Un miedo frío y difícil de describir se apoderaba de la estancia; los murmullos se habían convertido en gritos, gritos que llevaban tatuado su nombre. ¡Marta! ¡Marta!... ¡Marta! La alegría que el día traía consigo se había esfumado y aunque, al principio, todos confiaron en un simpático truco para aderezar la celebración, la realidad ahora era muy distinta. Tras cinco horas de búsqueda los invitados intentaban contar al agente Ruiz, confusos y a trompicones, lo que había sucedido. Marta, paralizada, lo escuchaba todo desde un agujero adimensional, húmedo y oscuro como las fauces de un monstruo.

Había reservado toda la mañana a ultimar los preparativos y se podía decir que se había acercado, centímetros más, centímetros menos, a la idea original. Las guirnaldas –una fila entrelazada de mariposas de colores- se repartían por el blanco techo y era difícil recorrer la habitación sin tropezar con alguno de los enormes globos azules que, como ballenatos hinchados hasta casi reventar, hacían que las baldosas parecieran un mar de plástico y helio. Un popurrí de panchitos y aperitivos varios atestaban la mesa del fondo en cuya esquina más alejada se podía medio intuir una gran tarta blanca, de nata.

El tiempo pasó deprisa: abrazos, regalos, sonrisas…En medio de esta marabunta de felicidad, algunos de los invitados abrieron unas cuantas bolsas, dejando que su contenido se esparciera por el aire: la habitación se llenó de confeti en cuestión de segundos. Al principio, la sensación de alegría se multiplicó –como reviviendo un Año Nuevo en pleno mes de abril- influenciada por el efecto que estos trocitos multicolores suelen despertar en la gente. Sin embargo, los minutos pasaban y aquel mar de color no cesaba. Montones de papel se esparcían por el suelo y durante un breve instante la cantidad que flotaba por cada rincón era tal que sumió el cuarto en la más tétrica e inexplicable oscuridad. La lluvia multicolor paró en cuestión de dos minutos pero Marta había desaparecido.


lunes, 7 de abril de 2008

De cuyo nombre no quiero acordarme



La mano no me tiembla mientras acerco la cerilla al cigarro que cuelga de mis labios. Hace ya un año que Alonso Quijano nos dejó, su pobre caballo probó la misma suerte pocos meses después. Rucio y yo lo llevamos como el ánimo nos lo permite y debo reconocer que no está siendo tan duro como imaginaba. Lo echamos de menos, por supuesto, pero la vida sigue ofreciéndonos su intenso sabor, aunque sea a base de edulcorantes, y no podemos desaprovecharlo.

Como cada noche, preparo mentalmente nuestra incursión del día a las calles madrileñas. Las farolas acaban de estrenar su brillo nocturno, mi piel disfruta de la frescura de una noche primaveral en la capital. Poco a poco noto como mis articulaciones salen de su letargo y, sin dejar de mirar al horizonte, me acomodo en la silla de cuero. Rucio todavía duerme y su profunda respiración parece indicar que esta noche me costará despertarle.

No hay prisa por lo que me dejo llevar por la calma artificial que me regala cada calada. Una pareja, de la cual solo distingo dos pares de vaqueros y una cabellera rizada moviéndose con la justa cadencia, ha pasado al mundo de las hormonas primaverales y, como en una pelea de perros enamorados, se restriega por el césped. No les culpo, yo también lo haría si tuviera oportunidad. Al fin y al cabo el parque está vacío a los ojos de cualquiera así que ¿para qué preocuparse de miradas indiscretas si ni Rucio ni yo se las podemos, en teoría, proporcionar? Considerados poco más que mobiliario urbano, nadie podría sospechar tal cosa de nosotros.

Una de las patas grises de mi borrico de piedra comienza a moverse. Segundos después Rucio me dirige una sonrisa socarrona y sus pequeños ojos me avisan: podemos partir cuando quiera. Entrañable y noble animal, jinete alguno podría soñar compañero mejor. Madrid nos espera.

Sancho, peculiar personaje que la literatura quiso convertir en estatua de una placita de Madrid, aguanta y se acomoda al siglo XXI con una caja de Ducados y un mp3 en la bolsa de viaje.
Y si no os lo creéis, buscadle.

"Premio" para quien me diga la localización exacta del relato; creo haberlo puesto fácil. Tendrá más mérito (y, quizá, más recompensa) sino vives en los Madriles. ¡Buena semana!

domingo, 30 de marzo de 2008

Cumbres y piquetas



Supo que había sentido miedo cuando miró hacia atrás sin que ninguna causa lo justificara. Como una autómata, se arremangó la tela de los holgados pantalones de lino que le habían acompañado durante todo el viaje y prosiguió su andadura, intentando apedrear cualquier sentimiento de temor y confiando en su, hasta ahora, impoluta buena suerte.

De pronto, su mente se fue inundando de pensamientos que llegaban a él como llamados por una señal de auxilio. Parecía que su interior había rozado el botón de alarma al intuir las horribles consecuencias e inseguridades que traería un cuerpo conquistado por el miedo, en su mayor parte irracional. El hombre se vio a si mismo en la taberna, rodeado de pintas y amigos que no hacían más que intentar disuadirle. Más tarde su recuerdo voló caprichoso a una casita de Palermo donde sus padres jugaban al ajedrez mientras él se rodeaba de mapas. De Palermo voló al tren que le llevaba a Suiza y así constantemente: por más que lo intentaba no conseguía invocar otros recuerdos que no tuvieran algo que ver con cumbres y piquetas.

Se acercaba a la zona más delicada y sospechosa, sobre la que más fábulas se contaban, y el anochecer ya se dejaba entrever. Haciendo caso omiso a sus sospechas, el hombre se acomodó en un recodo del camino, en el interior de una pequeña cueva, siendo el sueño el principal invitado del refugio. Los ronquidos comenzaban a hacerse oír cuando una diminuta pero tosca cabeza salió de su escondrijo. A esta primera le siguieron otras muchas, de un color entre marrón y grisáceo, similar a la anterior. Parecían reír a carcajada silenciosa. Una docena de estas criaturas se abalanzó con extraña delicadeza hacía el viajero, cuyo sueño parecía inquebrantable. Poco a poco fueron levantando su cuerpo inmóvil hasta conseguir alzarlo tres palmos del suelo y, sin producir ruido alguno, la comitiva lo cargó hasta las proximidades del inestable puente colgante. Una vez allí los ojos de canica de la improvisada procesión se volvieron de un rojo brillante y las risas, hasta entonces casi inaudibles, comenzaron a resonar entre el eco de las montañas. Al grito de lo que parecía el tercer número de una lengua muy primitiva el cuerpo del viajero cayó y se perdió en la lejanía de la altura de los Alpes.


martes, 18 de marzo de 2008

Sed


Me dijiste: “Los árboles son vividores pretéritos en otoño que en primavera camuflan su pasado con hojas verdes y, sin son presumidos, con flores de cualquier color". Lo interpreté como una presentación y corrí a contestarte, claro, con un chorro de palabras creyendo que eso era lo que esperabas de mí. Afortunadamente ahora sé que no era lo que querías, que no hacía falta llenar el vacío; ya no te pasas por la plaza a comentarme nada y yo regalo mis acuáticas frases a todo el que se aproxima, pequeña prueba previa de por medio. Ahora mismo miro al suelo por si veo tus embarradas raíces acercarse.Quizá algun transeúnte sediento tenga algo que pueda rumiar, como aquello que dijiste.



lunes, 25 de febrero de 2008

Ka-pow



Al final, se rompió la tetera; Jemie se limitó a bostezar y a taparse un poco con la manta. Acto seguido giró la mirada hacía donde ellos estaban y les mandó un incendiario “ya os avisé” para después volverse a acurrucar en el raído sofá y seguir con la siesta. Pegó lentamente los ojos y los mantuvo en esta posición durante un largo rato.

Los niños habían decidido cambiar de zona de juegos y, sentados sobre las pegajosas baldosas de la cocina, se tiraban galletas mojadas de zumo y leche. Samuel se había apropiado de casi la totalidad de las municiones y le estaba dando una soberana paliza a Elliot, que, contra todo pronóstico estaba convirtiendo su derrota en una deliciosa victoria con sabor a chocolate. Cuando no quedaba ni una sola galleta fuera del estómago de Elliot, los dos hermanos se miraron y prosiguieron la marcha al unísono, como movidos por una misma ley invisible que les susurraba que la sesión de juego debía continuar en el salón.

Jemie se había incorporado y fumaba medio desnudo, con un canal cualquiera llenando el vacío de la habitación. Cuando vio llegar a los pequeños suspiró resignado y miró para otro lado.

-Si os quedáis aquí vais a tener que estar callados, del todo –recitó, sin ganas, como solía hacer todas las tardes. Los niños abrieron los ojos sin inmutarse; aún no podían entender ni una sola palabra y si se guiaban por el tono de Jemie, sin rastro de pistas melódicas, sólo llegarían a la conclusión de que su hermano se había tragado una bruja aburrida.

Mientras Jemie era hipnotizado por un combate de boxeo, uno de los niños se puso a gatear sin dirección definida. Mientras, el otro le observaba atentamente. Como si del propio rey de las travesuras improvisadas se tratase, hizo un giro y con un brillo en los ojos difícilmente clasificable, se dirigió a la pizza que Jemie había pedido hacía tan solo media hora y de la que, por lo visto, se había olvidado completamente. La caja cuadrada estaba abierta, tirada sobre la moqueta, y al niño le debió resultar imposible no caer en la tentación. Con la contundencia extra que le otorgaban los pañales, sus pequeños glúteos de bebé se sentaron sobre la masa redonda, aplastándola con fuerza. Al levantarse, del tejido acolchado del pañal colgaban trocitos de beicon y piña. La risa descontrolada del otro niño despertó a Jemie de su ensueño en el interior del ring.

Rondar los nervios de un adolescente sobre-hormonado debería ser considerado deporte de riesgo, cuyos campeones del mundo serían los pequeños Samuel y Elliot.




lunes, 11 de febrero de 2008

Entrañas de lo absurdo

El enamoramiento

Todo sucedió en un minuto. Hizo un gesto con la mano, el ochenta y tres paró y el resto, hasta llegar a sentarse, fue todo machacada rutina. El asiento aún conservaba cierto calor, su cadera se acostumbró al plástico en cuestión de segundos. Dirigió cuatro miradas al tendido, una se le escapo y se puso a dar vueltas como una libélula enloquecida. Liberada de pestañas y lágrimas lubricantes, la mirada campaba a sus anchas por el autobús. Pronto se acostumbró al resto de compañeras, todas miradas como ella, con la diferencia de que éstas seguían enjauladas en una identidad, leyendo el periódico de sus dueños o repasando apuntes de audiología aplicada. Medio minuto después de la repentina fuga, se produjo el desastre. Su alterego de pupila castaña había escapado también, y como no pudo ser de otra forma, chocaron. Segundo cincuenta y siete: al cristal se acerca un enorme nubarrón negro que asusta a todos los viajeros. Las miradas, sin embargo, creen ver un trozo de golosina gigante, edulcorada con virutas de colores pastelosos y suaves. Como no podía ser de otra forma, se montaron en la masa azucarada y huyeron juntas. Y todo esto sucedió en un minuto...



lunes, 4 de febrero de 2008

Aire



Me he tragado una canción, tres melodías, quince silbidos, un quinteto de viento y metal. De nada o poco me ha servido pues el hambre continúa envolviéndome en sus cortinas y mi interior sigue aplastado, inútil y gris, ahora nublado por el humo de la cuarta señora de la fila. Sobrevuelo los aledaños del edificio, entro y salgo del vestíbulo evitando así el tabaco de la oronda mujer, que intenta camelar al guarda para que le deje entrar antes al recinto. Las normas son las normas, no puedo hacer nada por usted.

No es temprano pero en la calle Castelló una serpenteante fila de pies, cabezas, sombreros y visón preside en solitario la acera. Me acerco prudentemente, con la seguridad de no ser visto pero quizá si percibido, a husmear en los bolsillos y perfumes de los pacientes transeúntes. Nada interesante. No puedo alimentarme de pitilleras o gafas graduadas, tampoco de aromas a albaricoque o hierbabuena. Prosigo mi camino.

Guilhaume Santana es joven; es joven y se está abrochando la camisa. No sabe que está siendo observado. Su compañera, Laia Baltar, tampoco ha notado nada. Unos cuantos metros más allá, un brillo llama mi atención. Dejo de observar los atrayentes labios de Guilhaume, su pelo negro como la pez, dejo de observarle a él durante un momento.

Eran cuatro y absolutamente perfectos. Sé que otros muchos hubieran querido estar en mi lugar en aquel instante y aquel pensamiento me presionó. Un nerviosismo fugaz se apoderó de mis translucidas entrañas, se aproximaba un momento tan pleno y trascendental para mi existencia vagabunda que cualquier fallo insignificante, propio o ajeno, me devolvería al vacío contaminado en el que había estado dando tumbos toda la vida.

Entonces, Guilhaume y Laia se acercaron, acompañados de dos hombres más. Con un cuidado y precisión casi ensayados se llevaron los instrumentos uno a uno. Me asomé por un tímido hueco entre bastidores: un centenar de personas, junto a sus sombreros y visones correspondientes, se intercambiaban sonidos ininteligibles para mí, como jugando a los cromos. Todas las butacas estaban ocupadas y no pude evitar sonreír, a mi estilo, al ver lo que parecía un niño del revés sobre una de ellas, compartiendo con el resto del público la redondez anatómica con la que le había dotado la naturaleza.

De repente, fui consciente de la situación: tendría que compartir mi banquete. Instantes después la luz se atenuó; oboe, trompa, clarinete y fagot despertaron. Disfruté recorriendo sus recovecos, nutriéndome de sus agudos y graves. Hasta que todo acabó con un mar sordo de aplausos.



miércoles, 9 de enero de 2008

Ganda



Sentía su respiración a través de la madera. El resto dormía sin pensar siquiera en él, sin ser siquiera conscientes de su presencia al otro lado de la pared, como si hubieran borrado el detalle de su memoria, un autoengaño que les evitaba muchas horas de insomnio. La única ventana estaba entreabierta y la oscuridad brillaba y absorbía cada rincón del minúsculo cuarto. A mi lado Gabriela y Elena, las dos ayudantes de cocina, dormían abrazadas y Martín, un aprendiz de unos quince años roncaba toscamente. El cuarto no aceptaba un alfiler y en él todos dormían, menos yo y mi mano que jugueteaba con un trozo de cuerda deshilachada, al ritmo de la respiración pausada que recorría mi espalda apoyada en la pared.

El capitán nos había asegurado que le tenían encerrado en el otro extremo, encadenado por los grilletes más seguros fabricados hasta el momento, junto a uno de los almacenes, pero yo sabía que no era verdad, que estaba tras la madera en la que me apoyaba, en la habitación contigua, a escasos diez centímetros de mi piel. Sin embargo y por extraño que pudiera llegar a parecer, no le temía, como le ocurría al resto de mis compañeros. Ni uno solo de ellos se acercaba al lugar indicado por el capitán, que era donde supuestamente tenían a la bestia, si no fuera siguiendo órdenes y nada más oír hablar de la criatura bajaban la mirada, clavaban las pupilas a un punto fijo y apretaban los labios hasta hacerlos desaparecer como un fino hilo entre sus bocas. Algunos acompañaban este ritual del miedo con sudores y temblores de lo más curioso, tartamudeos y respiraciones entrecortadas.


Pocos en el barco lo habían visto realmente y todo respecto al animal, ya fuera su aspecto, sus costumbres o su carácter, estaba distorsionado por la leyenda y las habladurías que se habían creado en torno a él. Yo me encontraba entre los afortunados que lo habían tenido delante de los ojos; decirlo solo me metería en un enorme lío. Desde Lisboa habían llegado órdenes: nadie salvo el capitán y cuatro de sus hombres, elegidos expresamente para el cuidado del animal, tenían permiso para hacerlo. El resto de la tripulación tenía prohibido mirarle, lo que, sin duda, no resultaba un inconveniente ninguno para nadie: cualquier brote de curiosidad había sido fulminado por el fuerte sentimiento de terror que el animal despertaba o que se habían dedicado a despertar.

Continuará

lunes, 10 de diciembre de 2007

(A)hor(r)a


Cuando se quiso dar cuenta era otra vez otoño. De vez en cuando echaba un vistazo debajo del colchón: el saco color garbanzo solía estar vacío, insultantemente hueco; apenas le quedaban minutos que gastar, todos se evaporaban en quehaceres y obligaciones que atacaban sin piedad y que debía vencer sola. Sus horas, por el mero hecho de formar parte de su vida, tenían que estirarse y ser más eficientes que el resto porque, de no ser así, simplemente todo se paraba y dejaba de funcionar.

Ahorrar tiempo era una empresa titánica, llevaba años esforzándose y un triste puñado de minutos era lo máximo que había logrado conseguir. Sus ahorros de toda una vida se reducían a una temblorosa cifra; ¿qué podía hacer con solo treinta y cinco minutos?

Fijarse en detalles como aquel significaba un gasto de segundos considerable, gasto que Elisa no se podía permitir. Otoño, invierno, ¿qué más daba? Cuando en un acto rutinario, cronómetro en mano para no malgastar, desató el cordel del saco y revisó su contenido sus ojos se encendieron. Debía tratarse de un error; al abrirlo millones y millones de horas, días, meses y años se amontonaron en la pequeña habitación. Literalmente era dueña de todo el tiempo del mundo. Tardó un rato en asimilarlo y cuando lo hizo, decidió bajar al parque, caballete en mano, y empezar a gastar su recién adquirida fortuna.



Banco del tiempo

domingo, 2 de diciembre de 2007

Garabatos



Las turbulencias presagiaban lo peor, sin embargo Billy no pareció percibirlas y, si lo hizo, no supo reconocerlas como tales; probablemente ni siquiera conociera su terrible significado. Ignoraba cualquier dato relativo a tiempo y espacio, más aún lo general y abstracto; el pequeño Billy solo entendía y disfrutaba del detalle, de lo concreto. Las cortinas azul marino, un bigote estrambótico, el descarado y alegre amarillo de una blusa, el periódico arrugado en una esquina, la voz dormida del revisor, un niño intentando escalar en el asiento, las vías del tren, la puerta que se abre, el olor a café. Solo fue al notar que su cuerpecito de alambre resbalaba y que sus pies descalzos se aproximaban peligrosamente al límite cuando decidió agarrarse a ambos lados del aparato, apretando con fuerza la media docena de dedos, nada funcionales, con los que contaba. Enseguida volvió a zambullirse en el mar de lo concreto…lo saboreaba, precisaba toda su atención.

La corriente de aire cesó y el peligro se deshizo, con la espontaneidad con la que había llegado. Pronto el avión volvió a sentirse cómodo apoyado sobre un viento suave pero firme, llevando de un rincón a otro del vagón a un pletórico Billy que sonreía sin perder detalle de lo que acontecía bajo sus pies. A pesar de lo insólito del acontecimiento, pocos pasajeros parecían reparar en su presencia. Solo Rebeca, una mujer menuda y aniñada, observaba el vaivén de su creación.

El baile sin pausa de masas de aire, frío y caliente, caliente y frío, permitían que el viaje del diminuto pasajero no tuviera fin aparente. El avión sobrevolaba peinados y calvicies, consiguiendo cabriolas y piruetas cada vez más enrevesadas. El pequeño Billy parecía tener una facilidad innata para controlar la nave de papel; enseguida aprendió que la dirección de éste dependía de la inclinación más o menos pronunciada que tomara su cuerpo.

Rebeca desvió la mirada del hombrecito unos segundos. Echó un vistazo a su alrededor, sus compañeros de viaje debían tener los ojos de cartón-piedra: Billy planeaba a sus anchas a pocos centímetros de cada uno de ellos, esquivaba sus cabezas, sus pertenencias. ¿Era posible que, como creación suya, solo pudiera verlo ella?

Arrancó una cuartilla, con cuidado de no rasgarla. Pliegue a pliegue y tras dos minutos de concentración consiguió un ejemplar que incluso superaba el anterior. Ingeniería y aerodinámica al servicio de un avión de papel. A continuación, volvió a sacar uno de los bolígrafos del estuche en forma de pato que, a pesar de las tres decenas de años que colgaban de su pasaporte, aún conservaba. A un círculo le siguieron varios trazos ágiles y unas cuantas líneas, tres puntos en el interior del círculo, una rayita ligeramente arqueada hacía arriba. El dibujo debía ser simple, igual que el de Billy. Le pintó una trenza ladeada y un peto vaquero en el que escribió con letra clara y mayúscula un simple REBECA.

-Ya estás lista, Rebeca. ¡Bienvenida! ¿Te apetece conocer a alguien?

Y Rebeca se levantó del papel de un brinco, observó a su alrededor y esbozó su primera sonrisa. Con suavidad, su creadora la colocó en el avión que acababa de construir y, con un enérgico empujón, comenzó su viaje.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Roy Bassey



Iba tan borracho que ni siquiera era capaz de distinguir la luna del resto de las farolas. Dos hileras de luces blancas, una a cada lado de la calle, se extendían en el horizonte y formaban un punto de fuga distante presidido por la reina de la noche, que durante unas horas se mostraría llena y redonda. Sus ojos no veían edificios, veían inmensas moles de hielo negro dispuestas a derretirse sobre su cabeza en cualquier momento y sus pies, envueltos en zapatillas de tela, absorbían toda la humedad de la acera cual fregona. El frío, caprichoso, iba y venía, como si alguien lo controlara arbitrariamente.

El pequeño treinta y dos dorado que se vislumbraba a apenas tres metros anunciaba calor, colchón y salchichas crudas de la nevera, un alivio para su estómago alcoholizado. Palpó los cuatro bolsillos del pantalón. Los volvió a palpar. Sacó la cajetilla de tabaco esperando encontrar las llaves medio escondidas debajo. Salvo por el paquete casi gastado, los bolsillos estaban del todo vacíos. El silencio del portal se tragó unos cuantos tacos malpronunciados y con sabor a ron.

David y Fred todavía seguían coleando por bares del centro pero llegarían antes del amanecer por lo que la mejor opción era esperarles en su portal y pasar allí el resto del fin de semana, hasta que sus padres volvieran de donde quiera que estuviesen.

Comenzaba a bajar la rampa que le llevaba de nuevo a la calle. Antes de que le diera tiempo a volver a pisar la acera un niño de unos cuatro años se le cruzó corriendo a una velocidad de vértigo. Nadie iba detrás. Eran las cinco de la mañana de un viernes, la situación cuanto menos se salía de lo habitual. Ayudado por el cansancio y por los grados de más en sangre, su mente no tardó mucho en dejar de pensar en aquello. Encendió un pitillo y comenzó a andar. Uno a uno iba dejando atrás los comercios de la calle, comercios muertos, dormidos, hasta llegar al parque redondo, como se le había apodado desde siempre.


Se sentó en uno de los bancos de madera y terminó con lentitud el último cigarro. Se fijó en el centro del parque y se imaginó veinte años atrás. No le duró mucho aquel retroceso: un chirrido fuerte y constante había roto el silencio sepulcral. El crujido metálico de las cadenas. Uno de los columpios se estaba moviendo a una velocidad cadenciosa; no había nadie sobre la silla. La de al lado comenzó a moverse también, al principio lentamente; cada vez con más fuerza, con tanta que la silla terminó sobrepasando unas cuantas veces el oxidado metal de la barra superior, dejando el columpio colgando a más de dos metros del suelo. De repente se fijó. Un hombre despeinado y cabizbajo vestido con un mono verde oscuro se columpiaba suavemente en la silla que antes, vacía, había comenzado a moverse. El hombre levantó la cabeza y le sonrió burlonamente. Después alzó la mano izquierda y movió la muñeca de un lado a otro, moviendo algo pequeño y brillante. Antes de darse cuenta de que lo que sostenía eran sus llaves, el chico miró de nuevo al columpio de la izquierda. Una cabeza pequeña y ensangrentada yacía sobre él. El hombre la cogió, la acarició con dulzura y la tiró a los pies del chico. La cabecita rubia del niño.
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