Esta semana me ha dado por retomar "aquel experimento" (si tenéis curiosidad pichad en: Boquita de pez) y me he grabado leyendo el relato.En mi defensa diré que tenía prisa y he tenido que colgar el primer intento, quedara como quedara. Sé que es bastante mejorable (sobre todo por el tono adormilado) Recomiendo leer primero el texto y luego ya darle al play…
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La última vez que se vieron eran todavía adolescentes pero Ángel Croqueta recordaba perfectamente su nariz -Adela Cortina* contaba con una prominente napia que daba un toque exótico a su extraña belleza- y la reconoció al instante. A medida que se acercaba al mostrador, Ángel pudo comprobar que para Adela los años parecían haberse congelado. Conservaba intacto aquel cuerpecito de quitar el hipo y seguía manteniendo su estrambótica forma de vestir, que tantos problemas le había dado en el colegio de monjas. Enfundada en un vestido a rayas verdes y naranjas, con aire despistado y unas sandalias de cada color, Adela abrió la puerta del estanco:
-Un paquete de Lucky, por favor.
Ni el más mínimo signo de reconocimiento; Ángel no pudo evitar sentirse algo decepcionado. Era cierto que los años no le habían hecho demasiada justicia: completamente calvo y con una barriga estilo tonel no guardaba mucha similitud con el flacucho Angelillo Croqueta de hacía veinte años, pero aún así ella, precisamente ella, podría haberse dado cuenta. Carraspeó:
-Aquí tiene señorita, dos euros y medio por favor.
Gracias y buenos días de por medio, Adela no tardó más de medio minuto en esfumarse. La chica se subió a una vespa verde aparcada en la acera de en frente pero a Ángel no le dio tiempo a fijarse en la dirección que tomaba porque, de un golpe en el cristal de la mampara del mostrador, un señor con bigote le despertó de su aletargamiento gilipollezco. Debía haberse quedado bastante rato embobado porque el hombre le dedicaba una cara de muy pocos amigos.
La hora del cierre llegó y Ángel volvió a su apartamento con una sola idea en la cabeza (a buen entendedor pocas palabras bastan). Al llegar a casa, Rodolfo, su adorado y fiel (a veces) compañero canino, le esperaba con una sorpresa que redondeara el día. Ahora las cortinas del Ikea recién estrenadas podían usarse para disfrazarse de vagabundo. Ángel se tiró al sofá, dándose un golpe en el hombro con un botellín de cerveza. Mientras se acomodaba, dolorido, el teléfono empezó a sonar.

Continuará
*Es un nombre real (me lo encontré en la revista de El País de ayer) pero me gustó tanto para la historia que lo he tenido que tomar prestado, espero que a la propietaria no le importe xD
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¡Muchas felicidades Cro!
Quien quiera descubrir a una pequeña gran artista: Petit Bonbon