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martes, 3 de junio de 2008

Don't stop me now

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Tengo el ordenador plagado de música, pero la que me sirve para correr está viejuna y gastada de tanto escucharla una y otra vez. Estando de exámenes la válvula de escape más sana que se me ocurre para combatir a don Estrés y doña Histeria, no es otra que el camarada gimnasio y muy especialmente aquella dama matapiernas llamada cinta de correr. Así que si no habíais tenido suficiente con el cable que os pedía por lo de Mr Nilson, aquí tenéis una nueva oportunidad para mostrar vuestras dotes de "buen samaritano". Es muy sencillo (y útil para mi): se trata de que me chivéis temas (con su/s correspondiente/s intérprete/s) que creáis que puedan poner las pilas a la hora de trotar a una velocidad considerable. Existen verdaderas piezas maestras para esto de las "corridas" (xDDDD), por poner algún ejemplo: Don't stop me now (de Queen; mi favorita), el mítico Eye of the Tiger, I bet you look good in the dance floor (de los Artic Monkeys) o Song 2 (Blur). ¿Alguien da más? ;)


lunes, 21 de abril de 2008

Ángel Croqueta

Esta semana me ha dado por retomar "aquel experimento" (si tenéis curiosidad pichad en: Boquita de pez) y me he grabado leyendo el relato.En mi defensa diré que tenía prisa y he tenido que colgar el primer intento, quedara como quedara. Sé que es bastante mejorable (sobre todo por el tono adormilado) Recomiendo leer primero el texto y luego ya darle al play…
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La última vez que se vieron eran todavía adolescentes pero Ángel Croqueta recordaba perfectamente su nariz -Adela Cortina* contaba con una prominente napia que daba un toque exótico a su extraña belleza- y la reconoció al instante. A medida que se acercaba al mostrador, Ángel pudo comprobar que para Adela los años parecían haberse congelado. Conservaba intacto aquel cuerpecito de quitar el hipo y seguía manteniendo su estrambótica forma de vestir, que tantos problemas le había dado en el colegio de monjas. Enfundada en un vestido a rayas verdes y naranjas, con aire despistado y unas sandalias de cada color, Adela abrió la puerta del estanco:

-Un paquete de Lucky, por favor.

Ni el más mínimo signo de reconocimiento; Ángel no pudo evitar sentirse algo decepcionado. Era cierto que los años no le habían hecho demasiada justicia: completamente calvo y con una barriga estilo tonel no guardaba mucha similitud con el flacucho Angelillo Croqueta de hacía veinte años, pero aún así ella, precisamente ella, podría haberse dado cuenta. Carraspeó:

-Aquí tiene señorita, dos euros y medio por favor.

Gracias y buenos días de por medio, Adela no tardó más de medio minuto en esfumarse. La chica se subió a una vespa verde aparcada en la acera de en frente pero a Ángel no le dio tiempo a fijarse en la dirección que tomaba porque, de un golpe en el cristal de la mampara del mostrador, un señor con bigote le despertó de su aletargamiento gilipollezco. Debía haberse quedado bastante rato embobado porque el hombre le dedicaba una cara de muy pocos amigos.

La hora del cierre llegó y Ángel volvió a su apartamento con una sola idea en la cabeza (a buen entendedor pocas palabras bastan). Al llegar a casa, Rodolfo, su adorado y fiel (a veces) compañero canino, le esperaba con una sorpresa que redondeara el día. Ahora las cortinas del Ikea recién estrenadas podían usarse para disfrazarse de vagabundo. Ángel se tiró al sofá, dándose un golpe en el hombro con un botellín de cerveza. Mientras se acomodaba, dolorido, el teléfono empezó a sonar.






Continuará


*Es un nombre real (me lo encontré en la revista de El País de ayer) pero me gustó tanto para la historia que lo he tenido que tomar prestado, espero que a la propietaria no le importe xD

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¡Muchas felicidades Cro!

Quien quiera descubrir a una pequeña gran artista: Petit Bonbon


domingo, 28 de octubre de 2007

Boquita de pez

Cuentacuentos 32


Esta semana se me ha ocurrido "experimentar" un poco y he grabado el cuento con el micro. Tras varios intentos frustrados este ha sido el resultado. Si tenéis curiosidad pulsad en la grabación de la derecha. Eso sí, mejor que leáis primero la historia a vuestro ritmo y luego lo escuchéis por que creo que he cogido demasiada velocidad...


¿Por qué el mar es azul? me preguntó un día uno de mis peces de colores.

Era domingo y me acababa de aposentar en el sofá. Entre mis manos tenía las dos entradas de cine que acabamos de utilizar mi novia y yo; desde que salíamos juntos mi colección, que había comenzado siendo un crío, había crecido considerablemente. Llevaba guardando aquellos papelitos con una disciplina férrea durante casi dos décadas y ya había completado más de tres álbumes. Cientos de películas, horas, filas y asientos se reunían en el interior de aquellas tapas.

Enfrascado en mi cinéfila tarea la pregunta me descolocó de tal forma que tras escucharla la habitación y todo lo que se encontraba en ella desapareció unos segundos, todo menos la mirada indefinible del pez.

Tras volver de nuevo a la realidad de mi salón-leonera me limité a fingir que no le había oído, algo del todo creíble dado el volumen chispeante de los anuncios de la tele. No supe que contestar y para evitar que se sintiera ignorado me acerqué a la pecera y le obsequié con una generosa ración de gambas disecadas en miniatura. Tanto él como el resto de sus acuáticos compañeros se lanzaron a atrapar las motitas de color naranja con tal velocidad que enseguida formaron una masa multicolor, como una canica gigante. No quiero pensar lo que hubiera ocurrido si se hubieran topado con mi infeliz dedo gordo...

Aquella noche soñé que me convertía en cangrejo. Me encontraba en una sucia jaula de cristal bailando una especie de baile ritual, parecido a una jota aragonesa. Mis potentes pinzas se abrían y cerraban al ritmo y un grupito de preciosas féminas las miraba embobadas. Enajenado por mi orgullo de macho, fantaseando con lo que podía traer la noche, no me di cuenta de que las estilizadas patitas de mis admiradoras huían veloces al barco oxidado de la esquina. Un pulpo color carne envuelto en un guante de látex se abalanzaba hacía mi. Me puse nervioso, mis poderosas pinzas se paralizaron y no supe defenderme.


Entonces un sonido metálico me despertó. Accionada por un matinal resorte, mi mano derecha le propinó la acostumbrada “caricia” de agradecimiento al despertador. Él pareció dirigirme una inquisidora mirada y me di cuenta de que me había equivocado: quedaban horas para las siete de la mañana; el rencor que fluía por mis venas de madrugador obligado me impidió disculparme por el golpe.

Desconcertado, busqué por el piso el origen del ruido que me había robado mi recién adquirida personalidad de cangrejo. Tras mirar en unas cuantas habitaciones, todas inocentes, llegué al foco del desastre. Se había formado un charco enorme e incontables trozos de cristal de diferentes tamaños se habían diseminado por todas partes. De repente reparé en la presencia de mis pececitos, saltando débiles y desesperados entre todo aquel caos. Quité las flores del jarrón que mi novia se había acordado de llenar y fui metiendo una a una a las moribundas criaturas. Mientras yo llenaba la bañera, los peces se iban recuperando poco a poco entre agua con aroma a flores cuyo nombre ignoro e ignoraré siempre.





Continuará...