Supo que había sentido miedo cuando miró hacia atrás sin que ninguna causa lo justificara. Como una autómata, se arremangó la tela de los holgados pantalones de lino que le habían acompañado durante todo el viaje y prosiguió su andadura, intentando apedrear cualquier sentimiento de temor y confiando en su, hasta ahora, impoluta buena suerte.
De pronto, su mente se fue inundando de pensamientos que llegaban a él como llamados por una señal de auxilio. Parecía que su interior había rozado el botón de alarma al intuir las horribles consecuencias e inseguridades que traería un cuerpo conquistado por el miedo, en su mayor parte irracional. El hombre se vio a si mismo en la taberna, rodeado de pintas y amigos que no hacían más que intentar disuadirle. Más tarde su recuerdo voló caprichoso a una casita de Palermo donde sus padres jugaban al ajedrez mientras él se rodeaba de mapas. De Palermo voló al tren que le llevaba a Suiza y así constantemente: por más que lo intentaba no conseguía invocar otros recuerdos que no tuvieran algo que ver con cumbres y piquetas.
Se acercaba a la zona más delicada y sospechosa, sobre la que más fábulas se contaban, y el anochecer ya se dejaba entrever. Haciendo caso omiso a sus sospechas, el hombre se acomodó en un recodo del camino, en el interior de una pequeña cueva, siendo el sueño el principal invitado del refugio. Los ronquidos comenzaban a hacerse oír cuando una diminuta pero tosca cabeza salió de su escondrijo. A esta primera le siguieron otras muchas, de un color entre marrón y grisáceo, similar a la anterior. Parecían reír a carcajada silenciosa. Una docena de estas criaturas se abalanzó con extraña delicadeza hacía el viajero, cuyo sueño parecía inquebrantable. Poco a poco fueron levantando su cuerpo inmóvil hasta conseguir alzarlo tres palmos del suelo y, sin producir ruido alguno, la comitiva lo cargó hasta las proximidades del inestable puente colgante. Una vez allí los ojos de canica de la improvisada procesión se volvieron de un rojo brillante y las risas, hasta entonces casi inaudibles, comenzaron a resonar entre el eco de las montañas. Al grito de lo que parecía el tercer número de una lengua muy primitiva el cuerpo del viajero cayó y se perdió en la lejanía de la altura de los Alpes.
