Iba tan borracho que ni siquiera era capaz de distinguir la luna del resto de las farolas. Dos hileras de luces blancas, una a cada lado de la calle, se extendían en el horizonte y formaban un punto de fuga distante presidido por la reina de la noche, que durante unas horas se mostraría llena y redonda. Sus ojos no veían edificios, veían inmensas moles de hielo negro dispuestas a derretirse sobre su cabeza en cualquier momento y sus pies, envueltos en zapatillas de tela, absorbían toda la humedad de la acera cual fregona. El frío, caprichoso, iba y venía, como si alguien lo controlara arbitrariamente.
El pequeño treinta y dos dorado que se vislumbraba a apenas tres metros anunciaba calor, colchón y salchichas crudas de la nevera, un alivio para su estómago alcoholizado. Palpó los cuatro bolsillos del pantalón. Los volvió a palpar. Sacó la cajetilla de tabaco esperando encontrar las llaves medio escondidas debajo. Salvo por el paquete casi gastado, los bolsillos estaban del todo vacíos. El silencio del portal se tragó unos cuantos tacos malpronunciados y con sabor a ron.
David y Fred todavía seguían coleando por bares del centro pero llegarían antes del amanecer por lo que la mejor opción era esperarles en su portal y pasar allí el resto del fin de semana, hasta que sus padres volvieran de donde quiera que estuviesen.
Comenzaba a bajar la rampa que le llevaba de nuevo a la calle. Antes de que le diera tiempo a volver a pisar la acera un niño de unos cuatro años se le cruzó corriendo a una velocidad de vértigo. Nadie iba detrás. Eran las cinco de la mañana de un viernes, la situación cuanto menos se salía de lo habitual. Ayudado por el cansancio y por los grados de más en sangre, su mente no tardó mucho en dejar de pensar en aquello. Encendió un pitillo y comenzó a andar. Uno a uno iba dejando atrás los comercios de la calle, comercios muertos, dormidos, hasta llegar al parque redondo, como se le había apodado desde siempre.
Se sentó en uno de los bancos de madera y terminó con lentitud el último cigarro. Se fijó en el centro del parque y se imaginó veinte años atrás. No le duró mucho aquel retroceso: un chirrido fuerte y constante había roto el silencio sepulcral. El crujido metálico de las cadenas. Uno de los columpios se estaba moviendo a una velocidad cadenciosa; no había nadie sobre la silla. La de al lado comenzó a moverse también, al principio lentamente; cada vez con más fuerza, con tanta que la silla terminó sobrepasando unas cuantas veces el oxidado metal de la barra superior, dejando el columpio colgando a más de dos metros del suelo. De repente se fijó. Un hombre despeinado y cabizbajo vestido con un mono verde oscuro se columpiaba suavemente en la silla que antes, vacía, había comenzado a moverse. El hombre levantó la cabeza y le sonrió burlonamente. Después alzó la mano izquierda y movió la muñeca de un lado a otro, moviendo algo pequeño y brillante. Antes de darse cuenta de que lo que sostenía eran sus llaves, el chico miró de nuevo al columpio de la izquierda. Una cabeza pequeña y ensangrentada yacía sobre él. El hombre la cogió, la acarició con dulzura y la tiró a los pies del chico. La cabecita rubia del niño.
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