
Durante el salto, la máscara cae y la personalidad se hace visible.
Cuentacuentos 28
Se mordió los labios hasta que le sangraron los silencios. Era la forma que tenía de castigarse.
De alguno de los coches del aparcamiento salía una música estridente que por suerte no oía. Una chica rubia con ropa dos tallas menor observaba su alrededor inexpresivamente desde la altura privilegiada de unos tacones que le hacían parecer una torre curvilínea de color azul cobalto. Un ejecutivo de corbata hortera y mirada despistada daba vueltas como un abejorro y de vez en cuando tonteaba con las teclas de un teléfono móvil. En la primera escalera que daba a la playa un grupo de veinteañeros de pantalones caídos y carcajada fácil cargaban bolsas de plástico blanco.
Un cielo desteñido, picor de arena en los ojos, olor a salitre y su compañero el silencio. Nada más.
¿Nada más? Sí, si que lo había... Gente que actuaba con un cacahuete por cerebro y corazón. Que presumía de sensibilidad, decía querer y admirar su(s) diferencia(s) y que luego resultaba ir disfrazada de camaleón.
Se sentó en la arena, junto a la escalera, a observar desde la lejanía aquellas olas silenciosas que saludaban a todo aquel que les prestase un poquito de atención, pero sin acercarse. Justo al lado la panda de las bolsas bebía sin parar, riendo sin volumen.
Dejó de morderse el labio, había dolido pero era una manera estúpida de encauzar la rabia. El silencio seguía sangrando. Odioso silencio... Cuatro sentidos y un cóctel de sentimientos donde la reina era aquella rabia intrusa que se le había colgado de los ojos.
-¿Porqué no lo olvidas? Deberías irte- se repetía, pero seguía allí... Soportando.
Cerró los ojos. Culparle a él no le calmaba. Tampoco echarle la culpa a la puta sordera, ni a la de verdad... ni a aquella figurada que no le había avisado; habría bastado con un simple “no te fíes, no es más que un cabrón”. Pero, como siempre, no pudo escuchar. O no quiso. ¿Porqué no existiría un aparatito que radiografiara a las personas? En Javi, aparte de vísceras y un montón de huesos, habría descubierto un trocito de kiwi bombeando sangre.
Comenzaba a anochecer. A principios de octubre la temperatura junto al mar seguía siendo suave. Elena abrió su segunda cajetilla de Malboro; le llenaba los pulmones de mierda, sí, pero también se llevaba flotando el cabreo. ¿Javi quería una chica que no tuviera que leerle los labios? ¿Quería una que pudiera acompañarle a conciertos sin parecerle un sinsentido? ¿Qué bailara sensualmente al ritmo de música inaudible? ¿Qué escuchara sus hipócritas te quieros o las ardientes palabras que le dedicaba en la cama? Lo tenía fácil: estaba rodeado de chicas así... pero no encontraría nadie como Elena...
Poco a poco se fue encontrando mejor. La playa, la calma, la brisa... -todo palabras femeninas, que casualidad- habían hecho que, en un tiempo récord, el odio se convirtiera en simple indiferencia. Sabía que en pocas semanas volvería a caer, que la carne no era de hielo, que no se podía negar a una buena mercancía de vez en cuando. Si hacía falta ella también podía fingir tener un trocito de kiwi por corazón.