Cuentacuentos 23
Le temblaron las manos cuando tuvo que elegir. Aunque su desfasado reloj se lo había advertido ya miles de veces y no tendría ya mucha más paciencia con la que obsequiarle él insistía en salirse con la suya y seguía retrasando el momento. Sin embargo sabía que no podría aguantar mucho más. La aldea entera lo había hecho ya: todos y cada uno de sus vecinos. Hacía meses que se había quedado solo en aquella enorme casa, evitando lo inevitable.
Miró a los lados, asegurándose de que nadie le observaba a través de la ventana. ¿Quién iba a hacerlo? –se preguntó. Sabía que era materialmente imposible que alguien siguiera respirando, mucho menos espiando su patética y ya absurda figura tras una lámina de cristal. La vida se había evaporado o por lo menos había cambiado de lugar y se encontraba muy lejos de allí, tenía que aceptarlo. Solo quedaba él. Aún así, movido por quien sabe qué, dio unos cuantos pasos nerviosos y echó la cortina. Sentía unos ojos clavarse en su nuca, por mucho que supiera que no quedaba nadie vivo al que pudieran pertenecer.
Sobre la mesa seguían las dos cartas, boca abajo. Las instrucciones que Ella le había dado eran claras: antes de que llegue la oscuridad debes elegir una carta, si no lo haces...si no lo haces a tiempo...¡Si no lo hago a tiempo...! -no podía terminar la frase sin vivir una pequeña muerte en su interior, quizá reflejo de lo que en realidad le esperaba.
-Es fácil -se repetía - ¡elige de una vez una de las dos! Desde que naciste sabes que esto llegaría. Si el resto ha tenido el valor suficiente...tú también podrás... Solo tienes que levantar una de ellas y...la suerte hablará por ti. Ella te ha asegurado que tras una hay vida y... tras la otra...tras la otra...¡no quiero convertirme en polvo!
Nunca fue capaz de elegir ninguna de las dos cartas. La oscuridad llegó antes de que se decidiera y se lo llevó sin hacer preguntas. Al menos no se equivocó en aquel presentimiento de la ventana: alguien le espiaba, sí, Ella, que es y será siempre una mentirosa: hubiera dado igual cual de las cartas hubiera elegido... tras las dos se encontraba el nombre de aquella vil espía...La Muerte.
Miró a los lados, asegurándose de que nadie le observaba a través de la ventana. ¿Quién iba a hacerlo? –se preguntó. Sabía que era materialmente imposible que alguien siguiera respirando, mucho menos espiando su patética y ya absurda figura tras una lámina de cristal. La vida se había evaporado o por lo menos había cambiado de lugar y se encontraba muy lejos de allí, tenía que aceptarlo. Solo quedaba él. Aún así, movido por quien sabe qué, dio unos cuantos pasos nerviosos y echó la cortina. Sentía unos ojos clavarse en su nuca, por mucho que supiera que no quedaba nadie vivo al que pudieran pertenecer.
Sobre la mesa seguían las dos cartas, boca abajo. Las instrucciones que Ella le había dado eran claras: antes de que llegue la oscuridad debes elegir una carta, si no lo haces...si no lo haces a tiempo...¡Si no lo hago a tiempo...! -no podía terminar la frase sin vivir una pequeña muerte en su interior, quizá reflejo de lo que en realidad le esperaba.
-Es fácil -se repetía - ¡elige de una vez una de las dos! Desde que naciste sabes que esto llegaría. Si el resto ha tenido el valor suficiente...tú también podrás... Solo tienes que levantar una de ellas y...la suerte hablará por ti. Ella te ha asegurado que tras una hay vida y... tras la otra...tras la otra...¡no quiero convertirme en polvo!
Nunca fue capaz de elegir ninguna de las dos cartas. La oscuridad llegó antes de que se decidiera y se lo llevó sin hacer preguntas. Al menos no se equivocó en aquel presentimiento de la ventana: alguien le espiaba, sí, Ella, que es y será siempre una mentirosa: hubiera dado igual cual de las cartas hubiera elegido... tras las dos se encontraba el nombre de aquella vil espía...La Muerte.

Compo por cortesía de Ninivé...¡muchas gracias!