Cuando se quiso dar cuenta era otra vez otoño. De vez en cuando echaba un vistazo debajo del colchón: el saco color garbanzo solía estar vacío, insultantemente hueco; apenas le quedaban minutos que gastar, todos se evaporaban en quehaceres y obligaciones que atacaban sin piedad y que debía vencer sola. Sus horas, por el mero hecho de formar parte de su vida, tenían que estirarse y ser más eficientes que el resto porque, de no ser así, simplemente todo se paraba y dejaba de funcionar.
Ahorrar tiempo era una empresa titánica, llevaba años esforzándose y un triste puñado de minutos era lo máximo que había logrado conseguir. Sus ahorros de toda una vida se reducían a una temblorosa cifra; ¿qué podía hacer con solo treinta y cinco minutos?
Fijarse en detalles como aquel significaba un gasto de segundos considerable, gasto que Elisa no se podía permitir. Otoño, invierno, ¿qué más daba? Cuando en un acto rutinario, cronómetro en mano para no malgastar, desató el cordel del saco y revisó su contenido sus ojos se encendieron. Debía tratarse de un error; al abrirlo millones y millones de horas, días, meses y años se amontonaron en la pequeña habitación. Literalmente era dueña de todo el tiempo del mundo. Tardó un rato en asimilarlo y cuando lo hizo, decidió bajar al parque, caballete en mano, y empezar a gastar su recién adquirida fortuna.
